### Laura Fernández: "Tuve que aguantarme toda la chabacanería del alcalde de San José" - la Cantina La Sele de Alajuelita - domingo, 20 de setiembre de 2026
A las once de la mañana, en plena barra de la Cantina La Sele, había dos sillas vacías que nadie se atrevía a tocar. Don Chalo las había separado con una tabla de picar, por si acaso.
—¿Y eso qué es, don Chalo? ¿Un monumento nacional? —preguntó don Roderico, dejando el cigarrillo a medio apagar.
—Es protocolo, mae. Dos sillas de por medio, como en el Parque Nacional. Así se evitan los roces.
Don Pepito, el Chiquitico, se acomodó los lentes redondos, abrió su libreta y carraspeó como quien va a leer un decreto.
—Dejo constancia, para los anales de esta cantina, de que el martes quince, en los doscientos cinco años de Independencia, el alcalde de San José habló casi veinticinco minutos. Pidió trabajar juntos y dejar de vernos el ombligo.
—Veinticinco minutos —silbó don Filemón, acariciándose el bigote—. Y eso que el acto completo duró menos de hora y media. A mí me pasa igual en el taxi: el cliente habla veinte minutos y me paga con una sonrisa.
—¿Y ella qué dijo? —preguntó don Roderico.
—Que lo que dijo el alcalde estaba lleno de desconocimiento —leyó don Pepito—. Y días después, en otra ocasión, aseguró que tuvo que aguantarse toda su chabacanería.
—Ay, Dios. Chabacanería —repitió don Chalo, secando un vaso con el delantal—. Hace años que no oía esa palabra. La última vez que la oí me la dijo mi suegra.
—Pues yo digo que el alcalde se pasó de lanza —soltó don Roderico, sin levantar la vista del vaso—. Uno no le canta la tabla a la presidenta en pleno acto patrio.
—Diay, y yo digo que si a uno no lo dejan hablar en los pasillos, pues habla en la tarima —replicó don Filemón, señalando con el dedo—. Además, el hombre quería darle una carta.
—¿Y se la dio?
—Qué se la va a dar. Ella salió por detrás de la tarima y se fue en carro sin hablar con nadie.
—Yo mando cartas a Hacienda desde el dos mil doce —dijo don Roderico— y tampoco me las reciben. Así que no me vengan con dramas.
Don Filemón se enderezó en el taburete, con el diente de oro brillando.
—Yo a doña Laura Chinchilla la llevé al aeropuerto, y les juro que jamás salió por detrás de nada. Salió por la puerta de enfrente, con maleta y todo, y me dio las gracias.
—Usted a esa señora la lleva desde hace catorce años, don Filemón —suspiró don Chalo—. Ya debería estar en la nómina del taxi presidencial.
Hubo un silencio. En el fondo, el ventilador giraba con el mismo desgano de un ministro en conferencia de prensa.
—Lo mejor de todo —dijo por fin don Pepito, bajando la voz— es que en ese mismo acto habló un niño de quinto grado. Dijo que hay que aprender a resolver las diferencias hablando, escuchando y comprendiendo a los demás.
—¿Un niño de quinto? —se rascó la cabeza don Roderico—. ¿Y a ese quién lo invitó?
—El Ministerio de Educación. Fue lo más sensato que se oyó en toda la mañana.
—Pues ya ven —refunfuñó don Chalo—. Nos salió un cronista de diez años.
En ese momento se abrió la puerta de la cocina y apareció doña Mary, con el uniforme claro y la cuchara de madera en la mano derecha. Miró las dos sillas vacías, luego a don Roderico, luego a don Filemón, y por último la tabla de picar.
—¿Qué es esto?
—El protocolo, mi amor —tartamudeó don Chalo.
—Cincuenta años sirviendo casados y ningún protocolo he necesitado. Usted, don Roderico, siéntese aquí. Y usted, don Filemón, aquí al lado. Sin tabla.
—Pero doña Mary...
—Y ahora se dan la mano. Aquí la carta se recibe en la mano, se lee de frente y nadie sale por detrás de nada. Este lugar no tiene tarima, pero sí tiene cuchara.
Don Roderico y don Filemón se miraron de reojo, se estrecharon la mano como quien firma una tregua y volvieron a sus vasos. Don Chalo retiró la tabla de picar con cara de funcionario desautorizado.
—Anoto —dijo don Pepito, mojando la punta del lápiz— que en la Cantina La Sele el conflicto se resolvió en cuarenta segundos, sin comisiones y sin carta.
—¿Y los dos cafés? —preguntó doña Mary desde la cocina.
—¿Cuáles dos cafés? —se sobresaltó don Chalo.
—Los que van a pagar esos dos para dejar constancia de que se reconciliaron.
—Anoto también —añadió don Pepito, sonriendo— que las dos sillas se pagaron con dos cafés.

