### Convenio contra acoso laboral entra en vigencia plena en Costa Rica - Cantina La Sele de Alajuelita - viernes, 2 de octubre de 2026
Era viernes, hora de casados, y en la Cantina La Sele el ventilador giraba con el entusiasmo de un empleado público el día veinte del mes. Don Pepito, el Chiquitico, desplegó el periódico sobre la barra, se acomodó los lentes redondos y carraspeó como quien va a leer un decreto.
—Atención, señores, que esto es historia patria. Desde hoy rige con efectos plenos el Convenio 190 de la OIT. Una sola conducta, una sola vez, ya puede contar como acoso laboral. No hace falta que se repita.
—¿Una sola vez? —preguntó don Chalo, secándose las manos en el delantal—. Diay, mae, entonces ya no hay ni primer error que valga.
—Ni primer piropo —sentenció don Pepito.
Al fondo, don Filemón se atragantó con el café. Se limpió el bigote, y el diente de oro brilló bajo el tubo fluorescente.
—Yo en mi taxi jamás he acosado a nadie. Yo solo converso. Cuando llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto, le hablé cuarenta minutos seguidos, y la señora no se quejó ni una vez.
—Por educación —dijo doña Mary desde la cocina, sin voltear, moviendo la cuchara de madera en la olla.
—Y dice aquí —siguió don Pepito, bajando el periódico— que la protección no se queda en las cuatro paredes del trabajo. Llega a las llamadas, a los chats, a los viajes de ida y de vuelta.
—¿Y el taxi pirata cuenta como centro de trabajo? —preguntó don Filemón, ya con la voz un poco más baja.
—Si usted trabaja ahí, no hay centro más centro.
Don Roderico, que no había dicho palabra, soltó una nube de humo y la dejó subir hasta el ventilador antes de hablar.
—Pero ojo, que el convenio también cubre cuando el que molesta es un tercero. O sea, un cliente. Y vos sabés lo que es un cliente de cantina, Chalo.
Se hizo un silencio denso, de esos que huelen a frijoles. Doña Mary apareció en la puerta de la cocina con la cuchara en alto, el uniforme claro, el gesto de cincuenta años de servicio.
—Cincuenta años sirviendo casados —dijo despacio— y la mitad de los casados me han dicho «mi reina» con el plato todavía en la mano.
—Mary, mi amor, yo nunca... —empezó don Chalo.
—Usted me dijo «mi reina» en 1976, en esa misma barra, y todavía me debe el casado.
Don Chalo se puso del color de la camisa. Don Roderico tosió para disimular la risa. Don Filemón, por si acaso, se puso a estudiar el fondo de su taza.
—Aquí hace falta un protocolo, mae —propuso don Roderico—. Como dice el periódico que deben hacer las empresas, que revisen sus políticas.
—Pues lo hacemos ya —dijo don Chalo, buscando un cartón y un marcador detrás de la caja.
Escribió despacio, con la lengua afuera, mientras los demás miraban. Cuando terminó, clavó el cartón en la pared con un clavo y la base de una botella de Imperial. Don Pepito se acercó a leerlo en voz alta:
—«Protocolo de la Cantina La Sele. Punto uno: se respeta a doña Mary. Punto dos: ver punto uno».
—Corto pero tuanis —aprobó don Roderico.
—¿Y las sanciones? —preguntó don Filemón, tímido.
Doña Mary levantó la cuchara de madera y la dejó quieta, a la altura de los ojos de los cuatro.
—Las sanciones ya vienen incluidas.
—Eso sí es una política interna —murmuró don Pepito, y anotó en su libreta, con letra de cronista: «Hoy en la Sele se aprobó por unanimidad, y bajo amenaza de cuchara, el primer protocolo contra el acoso laboral de Alajuelita».
—Y ahora sí —dijo doña Mary, volviendo a la cocina—, ¿quién pidió el casado sin ensalada? Y que conste que lo pregunto con todo respeto.

