### Costa Rica inaugura el Cacco, su primera megacárcel, con capacidad para 5.100 reclusos – Cantina La Sele de Alajuelita – viernes, 16 de octubre de 2026

por fcerutti | Oct 16, 2026 | Bar La Sele, Costa Rica, Vida cotidiana

### Costa Rica inaugura el Cacco, su primera megacárcel, con capacidad para 5.100 reclusos - Cantina La Sele de Alajuelita - viernes, 16 de octubre de 2026

Caía sobre Alajuelita ese aguacero de octubre que no moja, sino que ofende. En La Sele, don Chalo secaba el mismo vaso desde hacía veinte minutos, y don Pepito, el Chiquitico, abría su libreta como quien abre un expediente.

—Cinco mil cien —anunció, ajustándose los lentes redondos—. Cinco mil cien reclusos caben en el Cacco, mae. Los planos los regaló Bukele, y salió con ahorro de once mil doscientos millones de colones.

—Diay, regalado y todo, y yo todavía pago el recibo del agua —masculló don Roderico, sin sacarse el cigarrillo de la boca.

—El Cecot allá en El Salvador aguanta cuarenta mil —siguió el cronista—. El nuestro es como el hermano chiquito.

—Como usted —soltó don Chalo, y se llevó un trapazo en el hombro de parte de doña Mary, que pasaba con la cuchara de madera en alto.

—Un respeto al cronista oficial —sentenció ella, con la seriedad de quien ha servido casados durante cincuenta años—. Y en cuanto a cárceles de alta contención, yo tengo experiencia. Llevo medio siglo con este hombre en la cocina y nunca se me ha escapado.

—Eso fue por falta de recursos —murmuró don Chalo.

Un cliente de bigote, que nadie había visto entrar, levantó la mano desde la esquina.

—El ministro dijo que aquello no va a ser un hotel ni una universidad del crimen.

—Pues ya me veo yo en ese hotel —dijo don Roderico, soltando una nube—. Uniforme anaranjado, tres tiempos y la mara de cuarto. Aquí en La Sele ya tengo hasta el uniforme: este delantal de mi mujer.

—Ni que le quedara —replicó doña Mary.

Entonces se abrió la puerta y entró don Filemón, sacudiéndose el agua del bigote y mostrando la dentadura de oro en una sonrisa que anunciaba noticia de primera mano.

—Mae, ya me enteré. La presidenta viaja hoy a El Salvador a ver cómo funciona el Cecot. Yo le ofrecí llevarla al aeropuerto, con la misma tarifa con que llevé a doña Laura Chinchilla.

—Ella tiene avión presidencial, don Filemón —dijo don Pepito.

—Sí, pero el avión no sabe el atajo por Pavas.

Don Chalo dejó por fin el vaso.

—Lo que a mí me tiene pensando es lo de los uniformes —dijo—. Que los van a coser los mismos presos. Naranja, además.

—Eso se llama economía circular —opinó el electricista nuevo, que estaba apoyado en la barra y que tampoco nadie había visto llegar—. Se encierran, se visten y se ahorran la planilla.

—Don, qué cinismo —dijo doña Mary, pero se le escapó media sonrisa.

—Yo entiendo a los que aplauden —intervino don Roderico, ya más serio—. Mi cuñado vive en Hatillo y le asaltaron la casa dos veces. Si esa cárcel le devuelve el sueño, bienvenida sea.

—Y yo entiendo a los que se preocupan —respondió don Pepito—. Porque dicen que mucho cemento y poca prevención es como poner un techo nuevo a una casa sin cimientos. Los jueces ni siquiera fueron a la inauguración, y la presidenta les reprochó la ausencia.

—Quizá no los invitaron bien —dijo don Filemón—. Yo, si no me dan el dato exacto de la hora, tampoco llego a ningún lado.

—Usted no llega a ningún lado ni con dato —lo corrigió don Chalo.

La risa recorrió la barra. Doña Mary, que se había quedado mirando la lluvia por la ventana, bajó la cuchara y habló sin alzar la voz.

—Yo solo les pregunto una cosa. Si en diciembre llenan los cinco mil cien espacios, ¿y después? Porque mientras el narco siga entrando por el Pacífico, aquí van a seguir trayendo gente más rápido de lo que se puede construir.

Nadie contestó enseguida. Don Roderico apagó el cigarrillo, algo que no hacía ni en funerales. Don Chalo sirvió una ronda sin que nadie la pidiera.

—Esa —dijo por fin don Pepito, escribiendo despacio en su libreta—, esa es la noticia verdadera. La cárcel ya la inauguraron, pero la pregunta de doña Mary todavía no.

—Anote también lo del atajo por Pavas —pidió don Filemón.

—Eso lo anoto aparte, en la sección de ficción.

Afuera, el aguacero siguió ofendiendo a Alajuelita. Adentro, La Sele brindó por lo único que nadie discutía: que a esa hora, por lo menos, todos estaban donde querían estar.