Por Franco Cerutti
### El Gallo Tapado llega al juicio: crónica desde el Bar La Sele
En el Bar La Sele de Alajuelita, ese santuario eterno donde el tiempo se detiene entre el humo de los cigarrillos prohibidos y el olor a casado recalentado por tercera vez, la noticia del día cayó como un imperial fría en mesa caliente: el caso Gallo Tapado ya tiene fecha para juicio. Don Chalo, el dueño, que lleva cuarenta años detrás del mostrador limpiando el mismo vaso con el mismo trapo gris, soltó un bufido que hizo temblar las botellas de guaro Cacique.
—Mirá vos, Roderico —dijo Don Chalo, sirviendo un fresco de chan sin mirar al cliente—. Al fin van a juzgar a ese pobre diablo que se robó tres mil doscientos millones del Banco Nacional. ¡Tres mil doscientos! Con eso yo arreglo el techo que gotea desde el huracán Mitch.
Don Roderico, cliente fijo desde que la Sele perdió contra México en el 78 y juró no volver a creer en nada, levantó la ceja izquierda, la única que le funciona después de un accidente con una piñata en Navidad del 92.
—¿Tres mil doscientos millones? —repitió, como si estuviera calculando cuántas cervezas caben en esa cifra—. Yo una vez encontré un billete de mil colones en el bolsillo de una camisa vieja y pensé que era rico. Este tipo metía la plata en sobres de manila, como si fueran facturas del ICE, y salía caminando. ¡Caminando! Ni siquiera corría. Eso es estilo, Chalo, puro estilo tico.
Doña Mary, que lleva cincuenta años sirviendo casados —arroz, frijoles, plátano maduro y carne que podría ser pollo o podría ser misterio—, apareció desde la cocina con una bandeja que parecía haber sobrevivido a dos terremotos.
—Estilo dice… —refunfuñó, dejando caer los platos con precisión quirúrgica—. Ese Olivas Valle era ludópata, mirá. Se gastaba tres millones al día en chances y tiempos. ¡Tres millones! Yo con tres millones compro un horno nuevo que no me queme los casados. Y el banco ni se dio cuenta hasta que faltó la plata. Como cuando Filemón se olvida de pagar la cuenta y dice que «ya viene».
En ese momento entró Don Filemón, el taxista pirata que jura haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en el 2010 y que ella le dejó una propina de cincuenta mil «porque le conté el chiste del sapo».
—¡Hablando del rey de Roma! —gritó Don Filemón, sentándose sin pedir permiso—. Yo sabía que ese caso iba a juicio. Yo llevé al fiscal una vez a Goicoechea. Me dijo: «Filemón, este Olivas es un genio o un loco». Yo le dije: «Las dos cosas, doctor, como todos nosotros». Porque mirá, si yo tuviera acceso a una bóveda, ¿qué haría? Compraría un taxi nuevo, no chances. ¡Chances! Eso es tirar plata al viento. Mejor gallos tapados de verdad, de los que pelean en el redondel de Desamparados.
El Chiquitico, cronista oficial del Bar La Sele, que es tan pequeño que tiene que subirse a un banquito para escribir en la pizarra los resultados de la Liga, levantó la mano como en clase.
—Según mis fuentes confiables —anunció con voz de locutor de radio vieja—, que son el vecino del primo del cuñado de un guardia del banco, el tipo sacaba la plata en sobres amarillos. Amarillos, como los de la Junta de Lotería. Y compraba gallo tapado, que es cuando pedís el chance sin ver el número. ¡Ironía del destino! El caso se llama Gallo Tapado porque él jugaba gallo tapado. Es como si yo robara casados y el caso se llamara «Casado Tapado».
Don Roderico soltó una carcajada que hizo saltar el fresco de su vaso.
—O como si Filemón robara taxis y lo llamaran «Taxi Pirata Tapado».
—O como si Doña Mary tapara los casados viejos con salsa para que parezcan nuevos —agregó Don Chalo, y todos se rieron, menos Doña Mary, que lo miró con esa mirada que podría derretir hierro.
Entró entonces Don Chepe, un secundario habitual que nadie recuerda cómo se llama de verdad pero que siempre llega con teorías conspirativas, trayendo un periódico arrugado.
—Aquí dice que ya hay fecha para el juicio —leyó en voz alta—. El extesorero va a enfrentar al juez por 33 delitos de peculado. Treinta y tres, como los años de Cristo. Este país es puro símbolo.
Don Pepito, que había estado callado tomando su cafecito negro sin azúcar, levantó la cabeza por primera vez.
—Y mientras tanto, nosotros aquí, discutiendo si la Sele clasifica o no, y el dinero del pueblo se va en sobres de manila. Al final, el único gallo tapado somos nosotros, que pagamos impuestos para que otros jueguen chances.
Silencio en el bar. Hasta el ventilador del techo pareció detenerse. Luego Don Chalo sirvió una ronda de imperiales por cuenta de la casa.
—Brindemos —dijo—. Por el Gallo Tapado. Que gane el mejor… o el que tenga mejor abogado.
Y todos alzaron las botellas, porque en el Bar La Sele, al final, todo termina en brindis. Incluso los robos millonarios.

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