Por Franco Cerutti

### Tren descarrila en Cartago, cancelando servicio nocturno.

En el Bar La Sele de Alajuelita, donde el café sabe a nostalgia y las cervezas a promesas incumplidas, el sol de la tarde se filtra como un ladrón por las persianas rotas. Don Chalo, el dueño, está detrás de la barra limpiando un vaso que nadie ha usado desde la última final de la Sele, mientras Doña Mary, su esposa eterna, sirve casados con una sonrisa que podría derretir un glaciar o congelar un volcán, dependiendo del humor del cliente. Cincuenta años llevando platos de arroz con frijoles y carne, y aún así, nadie sabe si es inmortal o solo terca.

Hoy, el bar bulle con la noticia del día, traída por Don Pepito, “El Chiquitico”, nuestro cronista oficial, que entra tambaleándose como si hubiera corrido la maratón de San José a pie. Es un hombrecillo con bigote de mosca y ojos de búho, siempre con un periódico arrugado bajo el brazo, jurando que él lo sabe todo antes que los noticieros. “¡Atención, señores! ¡El tren de Cartago se ha descarrilado en Ochomogo!”, anuncia con voz de profeta loco, subiéndose a una silla que cruje como sus huesos.

Don Roderico, el cliente fijo que ocupa la misma esquina desde que Colón descubrió América (o eso dice él), levanta la vista de su guaro con limón. “¿Descarrilado? ¿Otra vez? Ese tren es como mi matrimonio: va por rieles torcidos y siempre termina en el barranco”. Ríe con una carcajada que suena a motor averiado, y el bar entero se une, porque en La Sele, las tragedias ajenas son el mejor aperitivo.

Don Filemón, el taxista pirata que presume de haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto (y jura que ella le dejó una propina de presidente), interviene desde su taburete, con el sombrero ladeado como si fuera un cowboy de telenovela. “¡Yo lo vi venir! Ayer pasé por Ochomogo en mi taxi, y el tren me miró con ojos de vaca loca. Le dije a mi pasajero, un turista gringo que buscaba el volcán equivocado: ‘Mire, señor, ese tren va a bailar salsa sin pareja’. Y ¡pum! Hoy descarrila. Si me hubieran contratado para manejar trenes en vez de taxis, Costa Rica sería como Japón, con balas en lugar de vagones oxidados”.

Doña Mary, sirviendo un casado a un secundario nuevo –un tipo flaco llamado Don Lalo, que dice ser ingeniero pero huele a mecánico de bicicletas–, suspira: “Ay, hombres, siempre exagerando. El tren se descarriló porque los rieles están más torcidos que las promesas de los políticos. Incofer dice que evalúa si reanuda mañana, pero yo evalúo que volverá cuando las ranas críen pelo. ¿Quieren otro casado o solo chisme?”.

El Chiquitico, no contento con la realidad, empieza a tejer su versión nonsense: “Imagínense, amigos: el tren iba feliz, pitando como un gallo en la mañana, cuando de repente, ¡un guanábana gigante cae del cielo! No, esperen, mejor: era un complot de los monos del cerro. O tal vez el maquinista se durmió soñando con la lotería. ¡Y ahora, servicio nocturno cancelado! Los vampiros de Cartago tendrán que caminar, pobrecitos”. Don Roderico asiente: “Sí, y los fantasmas del tren se quedarán varados, pidiendo ride a los ovnis”.

Don Chalo, que rara vez habla pero cuando lo hace es como un trueno, interrumpe: “Basta de bobadas. Ese descarrilamiento es porque el gobierno invierte en trenes lo que yo en servilletas: nada. Mañana reanudan, o no, y nosotros seguiremos aquí, descarrilándonos con cada cerveza”. El bar estalla en risas, y Don Lalo, el secundario, añade: “Yo podría arreglarlo. Tengo una llave inglesa que una vez salvó a un OVNI en mi taller”.

Así pasa la tarde en el Bar La Sele: un descarrilamiento lejano se convierte en epopeya absurda, donde trenes bailan, monos conspiran y los casados de Doña Mary curan todo mal. Mañana, otra noticia, otro chisme. Pero hoy, el tren de Ochomogo es el rey del nonsense, y Alajuelita, su corte loca.