Por Franco Cerutti

### Incendio consume viviendas en San Felipe de Alajuelita – Cantina La Sele de Alajuelita – sábado, 17 de enero de 2026

En la Cantina La Sele, el humo del cigarro de Don Roderico se mezcla con el vapor de los casados que Doña Mary sirve sin parar, como si el mundo se acabara en cada plato. Afuera, Alajuelita huele a asfalto mojado y a rumores frescos, pero adentro, el aire es espeso de chismes y risas que rebotan en las paredes llenas de fotos descoloridas de la Sele ganando algo imposible.

Don Pepito, El Chiquitico, entra cojeando con su libreta bajo el brazo, como si fuera el Moisés de los chismes locales, y se acomoda en la barra con un suspiro que podría apagar una vela.

¡Ay, muchachos, qué barbaridad la de anoche! Un incendio en San Felipe, casas ardiendo como si el diablo hubiera dejado la estufa prendida. Dicen que consumió todo, hasta los sueños de la gente.

Don Chalo, limpiando un vaso con un trapo que ha visto mejores días, suelta una carcajada que hace tintinear las botellas.

¿Incendio? Ja, eso no es nada. En mis tiempos, los fuegos eran épicos, con dragones y todo. Ahora, un fosforito y ya se arma el escándalo. ¿Cuántas casas, Pepito? ¿Dos, tres? Como si no tuviéramos suficiente con el calor de este país.

Doña Mary deja un plato humeante frente a Don Roderico, que lo mira como si fuera un ovni.

¿Calor? Vos hablás de calor, Chalo, pero anoche vi las llamas desde mi ventana. Parecían fuegos artificiales, pero sin la gracia. Pobre gente, durmiendo en la calle ahora. ¿Y el gobierno? Mandando bomberos en bicicleta, seguro.

Don Filemón, que acaba de entrar con su taxi imaginario estacionado afuera, se une a la barra pidiendo una birra fría como si fuera gasolina para su motor de cuentos.

Yo los llevé, ¿sabían? A los bomberos. Iban gritando sirenas con la boca porque el camión se quedó sin batería. Y uno me dice: «Filemón, apurate, que las casas se queman solas». Como si yo no supiera, ¡yo que llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto cuando huía de un incendio político!

El Chiquitico anota furiosamente, su lápiz bailando como en una fiesta.

Noticia del día: incendio devora viviendas, pero no el espíritu tico. Fuentes dicen que empezó por un cable pelado, o tal vez por un vecino que cocinaba chorizo a medianoche. ¿Y si fue el fantasma de la abuela de alguien, enfadada por no tener vela en su entierro?

Don Roderico eructa aprobación, empujando su plato vacío.

Fantasma, decís. Yo creo que fue el cambio climático, ese que viene en taxi. Filemón, ¿vos no lo llevaste una vez? Ja, ja. Pero en serio, ¿quién va a ayudar a esa gente? ¿El alcalde con sus promesas de agua bendita?

Doña Mary, sirviendo otro casado a un tipo nuevo que parece perdido, un tal Don Lalo que huele a humo reciente, interviene con voz de trueno maternal.

Callense ya con sus bobadas. Yo conozco a la vecina de allá, la doña que vendía empanadas. Perdió todo, pobre. Y ustedes aquí, riendo como hienas. Chalo, poné una ronda por cuenta de la casa, para brindar por los que no se quemaron.

Don Chalo asiente, pero murmura.

¿Cuenta de la casa? Mejor que el incendio no llegue aquí, o Doña Mary nos cocina a todos en su olla eterna.

Don Lalo, el nuevo, tose y habla por primera vez, con ojos vidriosos.

Yo estaba ahí, señores. Mi casa no, pero la del lado. El fuego bailaba como en carnaval, rojo y loco. Un bombero gritaba: «¡Agua, agua!», y un vecino le pasa una birra. ¡Non sense total!

El Chiquitico cierra su libreta con un golpe triunfal.

Listo, crónica terminada. «Incendio en San Felipe: fuego, risas y birras frías». Mañana sale en el periódico invisible de Alajuelita.

Todos ríen, el humo sube, y la cantina sigue, incombustible como un chisme bien contado.