Por Franco Cerutti

### ¡Hierro sigue, la Sele sigue, y el mundo no se acaba!
Crónica desde el Bar La Sele, Alajuelita, domingo 30 de noviembre de 2025

Don Chalo acaba de colgar el televisor en la pared con alambre de fardo porque “así aguanta mejor los goles que nunca llegan”. El partido de anoche fue contra nadieanadie, pero igual perdimos, y hoy salió la noticia: Ignacio Hierro seguirá de director de selecciones hasta que el sol se ponga por el este o hasta que Alajuelita tenga metro, lo que pase primero.

Don Pepito, “El Chiquitico”, cronista oficial del bar y único hombre en Costa Rica que todavía usa corbata los domingos para ver fútbol, entra gritando con La Extra doblada como si fuera la Biblia:

— ¡Confirmado, muchá! ¡El uruguayo sigue! ¡Es oficial! ¡Lo ratificaron! ¡Como a los buses que pasan cada muerte de obispo!

Don Roderico, que lleva desde 1982 sentado en la misma silla (la número 7, la de Paulo César Wanchope), levanta la cerveza y pregunta con voz de funeral:

— ¿Y ahora qué hacemos, Chiquitico? ¿Nos suicidamos en grupo o pedimos otra ronda?

Doña Mary, que en cincuenta años sirviendo casados nunca ha sonreído (ni cuando le tocó atender a Keylor Navas disfrazado de cliente normal), suelta el plato con tanta fuerza que el arroz se organiza solo en forma de tumba:

— Yo ya enterré a tres directores técnicos en este bar. A este lo entierro con arroz con pollo y todo.

Don Filemón, el taxista pirata que juró haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto “y que ella le dejó cien colones de propina porque no tenía sencillo”, entra sudando:

— ¡Muchá, yo sabía! ¡Yo sabía que no lo iban a sacar! ¡Me lo dijo un pasajero que parecía del Comité Ejecutivo! Bueno, en realidad iba borracho y vomitó en el asiento trasero, pero algo dijo de “continuidad de proyecto”, ¡lo juro por mi madre que está viva!

Entra don Beto, el vecino que colecciona camisetas de la Sele desde la época en que eran de algodón y pesaban como costal de cemento. Lleva la cara tapada con una bolsa de supermercado donde escribió con plumón: “NO HAY DOLOR”.

— ¿Saben qué es lo peor? —dice don Beto con voz de ultratumba—. Que ahora van a decir que “se evaluó el proceso” y que “los números no mienten”. ¡Los números! ¡Si la Sele tuviera números, tendría puntos, carajo!

Don Chalo, que es saprissista pero disimula porque el bar se llama La Sele y no La Morada, sirve un guaro y filosofa:

— Miren, muchá, esto es como el matrimonio: uno sabe que está mal, pero cambiar duele más. Además, ¿quién más va a querer este puesto? ¿Usted, Roderico?

— Yo no, Chalo. Yo apenas dirijo mi vida, imagínese a veintisiete pelados millonarios.

El Chiquitico sube a la mesa coja que usa de podio y lee el comunicado oficial como si fuera poesía de Jorge Debravo:

— “El Comité Ejecutivo, tras un profundo análisis… bla bla bla… confía en la continuidad del proyecto deportivo liderado por el profesor Ignacio Santos Hierro…” ¡Profesor! ¡Le dicen profesor al hombre que nos dejó fuera del Mundial con una calculadora rota!

Doña Mary, sin levantar la vista del fregadero, sentencia:

— Yo le pongo un casado al profesor ese y le echo frijoles molidos hasta que confiese que no sabe ni dónde queda el Estadio Nacional.

Entra doña Fifa (sí, se llama así porque su mamá era fanática), la señora que vende lotería y que cada vez que la Sele pierde reparte números “para que al menos alguien gane algo”. Hoy trae el 22 tatuado en la frente con labial:

— ¡Tomen, tomen el 22! ¡Porque llevamos 22 años sin ir a un Mundial decente!

Don Filemón pide la palabra desde la puerta, donde está estacionado su taxi con el letrero “Voy pa’l aeropuerto con Laura”:

— Yo propongo una solución: contratamos a Bukele. Él mete a todos los jugadores en la megaprisión esa que están construyendo y en seis meses clasificamos… ¡pero clasificamos calladitos y sin celular!

Todos se ríen, pero es la risa de quien ya lloró tanto que le da lo mismo.

Don Roderico pide la última:

— Brinden, muchá. Por Ignacio Hierro, el único hombre capaz de perder un Mundial y seguir cobrando como si lo hubiera ganado. ¡Salud!

Y todos levantan la Imperial, menos doña Mary, que levanta la espátula y murmura:

— Yo brindo porque un día, uno solo, ganemos algo. Aunque sea el clásico del próximo domingo. Aunque sea por penales. Aunque sea contra San Carlos B.

Y en el Bar La Sele, Alajuelita, a las once y media de la mañana del 30 de noviembre de 2025, nadie sabe si reír o llorar, así que hacen las dos cosas al mismo tiempo, como siempre.

Fin. O continuidad de proceso, como le dicen ahora.