Por Franco Cerutti

### Rodrigo Chaves aspira a ser ministro en el nuevo gobierno – Cantina La Sele de Alajuelita – martes, 10 de febrero de 2026

En la Cantina La Sele, el humo del cigarro de Don Roderico flotaba como una nube perezosa sobre la barra, mientras Doña Mary servía el enésimo casado con esa mirada de quien ha visto pasar gobiernos como si fueran borrachos de fin de semana. Don Chalo, detrás del mostrador, limpiaba un vaso con un trapo que parecía más viejo que la Constitución, y Don Filemón, recostado en su silla coja, repetía por milésima vez cómo había llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en su taxi pirata, «con el maletero lleno de sueños presidenciales».

De pronto, Don Pepito, El Chiquitico, irrumpió agitando un periódico arrugado como si fuera la bandera de una revolución perdida.

¡Miren esto, compas! El presidente Chaves, ese que parece salido de un comercial de bancos, ahora quiere ser ministro en el gobierno de la nueva presidenta. ¡Ja! Como si no bastara con haber sido jefe, ahora quiere ser el ayudante del jefe. ¿Qué sigue? ¿Que el portero quiera ser el balón?

Don Chalo soltó una risa que hizo tintinear las botellas.

Ay, Pepito, siempre con tus chistes. Pero pensándolo bien, es como si yo le dijera a Mary que quiero ser mesero en mi propio bar. ¿Verdad, amor?

Doña Mary, sin levantar la vista del plato que armaba con arroz, frijoles y una carne misteriosa, murmuró:

Cállate, Chalo, que tú ni siquiera sabes servir un café sin quemarte. Si Chaves quiere ser ministro, que lo sea de algo inútil, como ministro de promesas rotas. Total, experiencia tiene.

Don Roderico apagó su cigarro en un cenicero que alguna vez fue un trofeo de fútbol.

¡Exacto! Imagínense: Laura Fernández llega al poder y dice, «Bienvenido, ex presidente, usted será ministro de… eh… transiciones eternas». Y Chaves ahí, con su corbata impecable, firmando decretos para cambiar el color de las banderas cada mes. Rojo un día, azul el otro, y verde cuando llueve.

Don Filemón se enderezó, fingiendo ajustar un volante imaginario.

Yo lo llevaría en mi taxi al ministerio, gratis. Pero solo si me cuenta cómo es eso de bajar de presidente a ministro. Es como si yo dejara de ser taxista pirata para ser chofer de guagua escolar. ¡Bajón total! Oigan, ¿y si lo nombran ministro de transportes? Ahí sí que me contrata para llevar a todos los diputados al aeropuerto, como hice con Chinchilla. ¿Recuerdan? Ella me dijo: «Filemón, acelera, que el país me espera». Y yo: «Señora, el país espera, pero el tráfico no».

Un tipo grandote en la esquina, que todos llamaban El Guanaco porque juraba haber visto un ovni en Guanacaste, intervino con su voz de trueno.

¡Pura vida! Chaves es listo. Quiere seguir en el poder sin la culpa de ser el jefe. Así, cuando algo salga mal, dice: «Fue idea de la presidenta». Es como en el fútbol: el técnico se lleva los aplausos, pero el asistente solo las patadas.

Don Pepito, cronista oficial, sacó su libretita manchada de café y apuntó algo.

Esto va para las crónicas del bar. «El día que el presidente quiso ser el café con leche del gobierno». ¿Se imaginan la transición? Chaves le pasa las llaves del país a Fernández y dice: «Tome, pero déjeme una copia para el ministerio de nostalgias presidenciales».

Doña Mary sirvió otro casado al Guanaco y suspiró.

Hombres y sus poderes. Cincuenta años sirviendo aquí, y ni uno solo ha cambiado el mundo. Pero si Chaves entra al gabinete, apuesto que inventa un ministerio para bares como este. Ministro de guaros y chistes malos.

Don Chalo rio de nuevo, casi derramando una cerveza.

¡Salud por eso! Que siga la transición, y que nosotros sigamos aquí, transitionando de un trago al otro.

Y así, entre risas y platos humeantes, la Cantina La Sele convirtió la noticia en una fábula de presidentes reciclados, mientras afuera Alajuelita seguía su ritmo eterno, ajena a los ministros soñados.