Por Franco Cerutti

### Salud activa protocolo nacional por caso importado de sarampión en Pérez Zeledón — La Cantina La Sele de Alajuelita, domingo 15 de febrero de 2026

En la barra de La Sele, donde el gallo pinto llega más caliente que el chisme de ayer, la noticia cayó como un balde de agua fría en una sopa de mondongo.

—Oigan, ¿oyeron lo del sarampión? —preguntó don Roderico mientras removía el café con una cuchara que parecía más larga que su paciencia—. Una niña mexicana de cuatro años, en Pérez Zeledón. Importado, dice el Ministerio. Como si el virus hubiera sacado pasaporte y visa de turista.

Don Pepito, el Chiquitico, levantó la libreta donde anota todo lo que pasa en el mundo y lo que no pasa en Alajuelita.

—Importado —repitió como si la palabra fuera un dulce nuevo—. O sea que el sarampión entró por el aeropuerto, pidió un taxi con don Filemón y se fue directo a Pérez Zeledón a contagiar casados. Porque si no, ¿para qué activan protocolo nacional? Van a vacunar hasta las gallinas ponedoras por si acaso.

Doña Mary dejó caer un plato de arroz con huevo que sonó como un trueno en misa.

—Ay, muchachos, si esa niña mexicana vino sin vacuna, ¿y nosotros qué? Yo tengo cincuenta años sirviendo casados y nunca me ha salido sarampión. ¿Será que el casado es la verdadera vacuna? Porque con chile y tortilla uno se inmuniza contra todo, hasta contra los políticos.

Don Chalo, desde el fondo limpiando vasos que ya estaban limpios desde 1987, soltó una risa que parecía tos de tractor viejo.

—Doña Mary, si el casado vacunara, yo ya estaría inmortal. Pero miren: la niña está bien, aislada en su casa, evolucionando satisfactoriamente. Dice Salud que no hay complicaciones. Lo que pasa es que ahora van a seguir a todos los contactos, a vacunar a quien se les cruce, y a recordar que una persona con sarampión puede contagiar a dieciocho más. Dieciocho. Eso es más que los que caben en la mesa del fondo los sábados de partido.

Don Filemón entró pateando la puerta como si el taxi hubiera chocado contra el mostrador.

—Precisamente yo la llevé a esa niña —anunció con la seriedad de quien acaba de ganar la lotería—. No, mentira. Pero si hubiera sido, le habría dicho: “Mire, niña, en Costa Rica el sarampión no entra porque aquí todo el mundo tiene carnet de vacunación desde el kindergarten. O al menos desde que don Roderico dejó de creer en las hadas”. Pero no, ella llegó de México sin papelito. Como yo cuando llevo a los gringos al aeropuerto y les digo que el taxímetro está descompuesto.

Don Roderico se rascó la barba que nunca crece del todo.

—Entonces, ¿qué? ¿Ahora Pérez Zeledón es zona de cuarentena? ¿Van a poner retenes con jeringas en vez de alcoholemia? Imagínense: “Señor, baje la ventanilla y saque el brazo. Dos dosis o no pasa”. Y el que no tenga vacuna, que se devuelva a México caminando por la Interamericana.

El Chiquitico anotaba furioso.

—Protocolo activado —leyó en voz alta como si fuera poesía—. Vigilancia epidemiológica, seguimiento de contactos, refuerzo de vacunación. Y recuerdan que el último caso endémico fue en 1999. O sea que desde que yo empecé a venir aquí, el sarampión estaba de vacaciones. Ahora volvió de turista, como don Filemón cuando dice que llevó a Laura Chinchilla.

Doña Mary sirvió otro casado sin que nadie lo pidiera.

—Miren, si el virus es tan contagioso, que venga aquí a La Sele. Con el olor a fritanga y el humo de don Chalo quemando cigarros imaginarios, se muere solo. El sarampión no aguanta competencia.

Don Chalo levantó un dedo.

—Y si no, le damos un Imperial bien fría. Porque todo virus, por muy importado que sea, se rinde ante un buen trago y un chiste malo.

La barra estalló en risas que retumbaron hasta Pérez Zeledón, donde seguramente la niña mexicana, aislada y evolucionando satisfactoriamente, soñaba con un casado que la curara de todo.