Por Franco Cerutti

### Lotería Nacional: salió el MAYOR que paga ¢320 millones por emisión; vea los demás números ganadores – Cantina La Sele de Alajuelita – lunes 16 de febrero de 2026

En la Cantina La Sele, el ventilador gira como si estuviera buscando empleo fijo. Don Chalo limpia el mostrador con un trapo que ha visto más finales de mundial que la Selección. Doña Mary revuelve el arroz con frijoles del casado eterno, que huele a nostalgia y a cebolla que no se rinde.

—Treinta y dos, serie seiscientos cuatro —anuncia Don Pepito, “El Chiquitico”, con la solemnidad de quien lee el evangelio en voz baja—. Trescientos veinte millones por emisión. El amor y la amistad cayeron en el mismo número que mi suegra cuando le pedí prestado.

Don Roderico levanta la Imperial como si fuera un trofeo olímpico.

—Ese número treinta y dos es el mío, pero al revés. Yo tengo el treinta y tres, serie cero cero cero, que paga exactamente nada por emisión infinita. La amistad me debe plata desde el noventa y ocho.

Don Filemón entra arrastrando el olor a gasolina de su taxi pirata y se sienta sin pedir permiso.

—Ese sorteo lo vi en la tele del aeropuerto cuando llevé a Laura Chinchilla. Me dijo: “Filemón, si sale el treinta y dos, te compro el taxi”. Y salió. Ahora ella anda en jet privado y yo sigo con el taxímetro que cuenta hacia atrás.

Doña Mary deja caer un plato de casado frente a él sin mirarlo.

—Filemón, si Laura te prometió algo, fue para que te callaras durante el viaje. El amor es ciego, pero la lotería ve clarito que vos no tenés ni fracción.

Don Pepito ajusta los anteojos que siempre están torcidos hacia la izquierda, como si el mundo se inclinara de ese lado.

—El segundo premio, noventa y uno, serie dos dos siete. Cuarenta y seis millones. Yo jugué el noventa y dos porque pensé: “Uno más y ya”. La vida es eso: un número menos y seguís sirviendo Imperiales en La Sele.

Don Roderico se ríe con la boca llena de gallo pinto recalentado.

—Imagínense al ganador. Se despierta, ve el número, grita “¡Amor y amistad!” y corre a comprar una casa. Pero en Costa Rica la casa viene con gotera, vecino que pone salsa a las tres de la mañana y suegra que dice “yo te lo advertí”. Trescientos veinte millones y al final comprás un casado más grande.

Don Chalo suspira mientras sirve otra ronda sin que nadie la pida.

—El premio mayor es como el clásico: todo el mundo lo quiere, pero solo uno lo agarra. Y el que lo agarra después se queja porque el estadio está lleno de mosquitos.

Doña Mary, sin dejar de revolver, murmura hacia el fondo.

—Y el tercero, ochenta y tres, serie cuatro cero seis. Veinte millones. Suficiente para pagar la cuenta de aquí hasta el próximo sorteo del amor, que ya va a ser del desamor porque nadie paga.

Don Filemón saca un billete arrugado que parece haber votado en las últimas tres elecciones.

—Muchachos, si yo gano la próxima, invito taxi gratis a todo Alajuelita. Pero solo ida. La vuelta la pagan con amor y amistad, que según la lotería valen trescientos veinte millones.

Don Pepito cierra su libreta imaginaria de cronista.

—Y así, señores, el treinta y dos con serie seiscientos cuatro se llevó el amor, la amistad y probablemente el sueño de media barra. Mañana volvemos a jugar, porque aquí la suerte es como el casado de doña Mary: siempre sale caliente, pero nunca toca el mismo plato dos veces.

El ventilador sigue girando, buscando empleo. La Cantina La Sele respira, bebe y espera el próximo número que nunca es el nuestro.