Por Franco Cerutti
### Ignacio Santos se retira de Teletica tras 28 años – Cantina La Sele de Alajuelita – miércoles, 18 febrero 2026
En la Cantina La Sele, el humo de los cigarrillos baila con el aroma de los casados que Doña Mary sirve desde hace medio siglo, y las sillas crujen como si contaran sus propias historias. Hoy, el televisor colgado en la esquina parpadea con la noticia de que Ignacio Santos deja Teletica después de 28 años, y el bar se convierte en un circo de opiniones voladoras.
—Mirá vos, Ignacio Santos se va, como si el noticiero fuera un bus y él bajara en la última parada. ¿Quién va a contar ahora las tragedias con esa voz de locutor de radio antigua?
Don Chalo, detrás de la barra, limpia un vaso con un trapo que parece haber visto más guerras que el Canal 7.
—Ese mae ha estado ahí desde que los volcanes eran colinas. Veintiocho años, ¿eh? Yo llevo más sirviendo guaro y ni pensión tengo. ¿Creés que le darán un reloj de oro o solo un «gracias por no fallar en vivo»?
Don Pepito, El Chiquitico, ajusta sus anteojos empañados y garabatea en su libreta como si fuera el cronista de una epopeya.
—Apunto: Santos, el rey de las noticias, abdica. En mi crónica, diré que se va a criar gallinas en una finca invisible, o tal vez a narrar los goles del Saprissa desde el cielo.
Doña Mary deja un plato humeante frente a Don Roderico, que mastica pensativo, con la boca llena de arroz y carne.
—Pobre Ignacio, tantos años mirando cámaras y ahora mirará el techo de su casa. ¿Y si se aburre y vuelve como fantasma en las repeticiones?
Don Filemón, el taxista pirata, entra arrastrando los pies, con su sombrero ladeado y una historia lista en la lengua.
—Yo lo llevé una vez al aeropuerto, a Ignacio. No, esperá, era a Laura Chinchilla, pero igual, los famosos se bajan del carro y dejan propina de aire. Si se retira, capaz que me contrata para tours por los estudios vacíos.
Un tipo nuevo en la esquina, con bigote torcido y una cerveza a medio camino, interviene como si fuera dueño del tema.
—Retiro, dice. Eso es código para «me echaron por saber demasiado». ¿Vieron cómo contaba las elecciones? Contaba votos como yo cuento mentiras, con precisión quirúrgica.
Don Chalo ríe, sirviendo otro trago.
—Aquí en Alajuelita, las noticias duran lo que un casado en el plato. Mañana otro tomará el micrófono y diremos «¡ese sí que es peor!».
Don Pepito levanta la vista de su libreta.
—En mi versión, Santos se va a un planeta donde las noticias son solo sobre gatos voladores y lluvias de café. Fin de una era, como cuando cerraron el bar de la esquina por vender guaro falso.
Doña Mary asiente, limpiando la mesa con energía.
—Y vos, Roderico, ¿qué decís? Siempre callado como si supieras el secreto.
Don Roderico traga y eructa suavemente.
—Decir adiós a Teletica es como dejar a una novia celosa. Veintiocho años de dramas, y ahora paz. Pero ¿quién nos dirá si llueve o si hay tráfico sin él?
Don Filemón pide otra ronda.
—Llevémoslo en taxi al olvido. O mejor, hagamos una colecta para un monumento: «Aquí habló Ignacio, y el país escuchó… hasta que se cansó».
El bar estalla en risas, el televisor sigue parpadeando, y la noticia se disuelve en el vapor de los casados, como si nunca hubiera sido más que un chiste entre amigos.

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