### Las monedas viejas se declaran en huelga de bolsillo y el vuelto se queda en paro - Hoy dejan de circular las monedas antiguas de ¢5, ¢10 y ¢25 - Cantina La Sele de Alajuelita - miércoles, 1 de julio de 2026.
En la Cantina La Sele, Doña Mary acababa de poner un casado completo sobre la barra cuando Don Filemón entró sacudiéndose la chaqueta como si todavía le quedara polvo del Sahara pegado.
— Chalo, sírvame un trago porque vengo del futuro. A partir de hoy las monedas viejas ya no sirven ni para pedir perdón. Me subieron la tarifa del taxi porque la Aresep dice que sin las chiquiticas no hay cómo dar vuelto exacto. ¿Y ahora qué le cobro yo al cliente? ¿Le cobro el viaje en billetes grandes y le digo que el vuelto se lo debe el Banco Central?
Doña Mary, sin levantar la vista del huevo que estaba volteando, contestó:
— Mire don Filemón, yo llevo cincuenta años sirviendo el mismo casado y nunca he tenido problema con el cambio. Si el cliente llega con monedas jubiladas, le sirvo el plato y le digo que el vuelto se lo pida al gobierno. Yo no soy banco ni casa de cambio. Yo soy cocina.
Don Roderico, desde su puesto de siempre, pelaba una naranja con la navaja y soltó sin mirar a nadie:
— Anoche saqué todas las monedas viejas que tenía en el pantalón y las alineé en la mesa de la cocina. Les hablé claro: “compañeras, llegó su independencia”. La de veinticinco rodó hasta el borde como diciendo “yo no me voy sin mi pensión completa y retroactiva”.
Don Pepito El Chiquitico, que había llegado con su libreta de cronista oficial, se sentó al lado y empezó a escribir:
— Esto hay que contarlo. Las monedas no se retiran, se van de pinta. Igual que cuando mi primo se jubiló del trabajo y ahora pasa el día contando carros en la acera. Solo que las monedas al menos avisaron con tiempo.
Don Chalo, que limpiaba un vaso, soltó una carcajada:
— El problema es que ahora el vuelto lo van a dar en billetes de mil y el cliente se queda con el bolsillo lleno de papel que no cabe en la billetera. Antes con una de veinticinco uno compraba un chicle y le sobraba para el pensamiento. Ahora con veinticinco colones no se compra ni el recuerdo del chicle.
En ese momento entró un cliente que puso sobre la barra tres monedas de diez, dos de cinco y una de veinticinco.
— ¿Me da un casado, doña?
Doña Mary lo miró por encima de los anteojos:
— Con eso no le alcanza ni para los frijoles, mi amor. Las monedas viejas ya no corren. Tendrá que poner un billete o conformarse con un casado a medio gas.
El cliente se rascó la cabeza un buen rato y dijo:
— Entonces deme solo los frijoles y el arroz. Con eso yo hago un pinto bien hecho y lo vendo en la calle como moneda nueva. Un pinto completo puede valer lo que un billete de mil si uno tiene hambre de verdad.
Se hizo un silencio corto en la barra. Don Roderico fue el primero en reaccionar:
— ¡Esa es la solución tica! Si el gobierno no da cambio, el pueblo inventa el pinto-moneda. Mañana voy a la feria con un plato de pinto y le digo al verdulero: “deme dos tomates y una yuca, aquí tiene el vuelto en forma de almuerzo”.
Don Filemón levantó su trago:
— Yo una vez llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto y ella me pagó con un billete grande. Le di el vuelto en monedas y un consejo gratis. Ahora con esto, si un cliente me paga con monedas viejas, le cobro el viaje contándole dos veces la historia del aeropuerto. Eso vale más que cualquier cambio.
Doña Mary sirvió otro casado y habló sin dirigirse a nadie en particular:
— Mientras tanto, mi casado sigue aquí, completo y caliente. Arroz, frijoles, carne, ensalada y maduro si hay. El que cambió las reglas fue el dinero, no la cocina de la Sele. Yo no me jubilo, aunque me suban las tarifas.
Don Chalo levantó su trapo como si fuera una bandera:
— Pura vida, doña Mary. Que se vayan las monedas a donde quieran. Que formen un equipo de fútbol, que se vayan a Europa a hacerse euros, que se jubilen en Guanacaste. Aquí el chisme sigue siendo gratis y el casado sigue valiendo lo que siempre valió: lo que uno esté dispuesto a pagar por no tener que cocinar en la casa cuando llega cansado.
Y mientras afuera el viento movía las cortinas y los clientes empezaban a sacar billetes grandes de los bolsillos, en la Cantina La Sele todos coincidieron en una sola cosa: el verdadero problema no eran las monedas que se iban, sino que ahora el vuelto ya nunca volvería a ser lo mismo… y el pinto-moneda, en el fondo, no sonaba tan mala idea después de todo.

