Por Franco Cerutti

### El aguinaldo llegó, pero nadie lo vio
(Bar La Sele, Alajuelita, 29 de noviembre de 2025, 10:17 a.m.)

Don Chalo acaba de abrir la puerta metálica y ya huele a Imperial caliente y a esperanza fría.

Don Pepito “El Chiquitico”, cronista oficial del bar, entra con la solemnidad de un obispo que acaba de descubrir que Cristo era manudo.

—Don Chalo, ¡préndame la tele en Teletica, que ya empezaron a caer los aguinaldos. ¡Es como si lloviera plata, pero sin mojarse!

Don Chalo, que lleva treinta años escuchando que “ya viene la plata” y nunca llega, masculla mientras limpia un vaso que ya está más limpio que la conciencia de un político en campaña:

—Plata dice… Lo único que va a caer aquí es la cuenta de la luz.

Entra Don Roderico, con la camisa de la Sele puesta al revés (porque la etiqueta le pica, dice él, pero todos sabemos que es porque la lavó con cloro y ahora la bandera parece la de Nicaragua).

—¡Doña Maryyy! ¡Un casado con todo menos aguacate, que me da gases de rico! Y rapidito que ya me depositaron el aguinaldo.

Doña Mary, que lleva cincuenta años sirviendo casados y cero años creyendo en cuentos de camino, asoma la cabeza desde la cocina:

—Roderico, si te depositaron el aguinaldo es porque te equivocaste de cuenta y te metieron el de otro. Porque a vos te deben desde el gobierno de Figueres Olsen.

En ese momento aparece Don Filemón, el taxista pirata, con la gorra ladeada y la misma historia de siempre:

—Yo una vez llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto y me pagó el viaje con aguinaldo adelantado. ¡En efectivo! Billetes crocantes, olían a nuevo. Me dijo: “Filemón, esto es por ser puntual”, y yo le dije: “Doctora, si quiere la llevo otra vez, pero con el medidor apagado”.

El Chiquitico levanta la mano como alumno aplicado:

—Disculpe, don File, pero eso fue en el 2012, Laura Chinchilla ya no es presidenta ni desde que mi abuela dejó de usar laca Elnett.

Filemón ni se inmuta:

—Era ella, te lo juro por la virgencita de los Ángeles. Llevaba el mismo peinado inflado, parecía casco de astronauta.

Entra Don Beto, el vecino que trabaja en la Municipalidad, con cara de quien acaba de ver al diablo cobrando marchamo.

—Muchachos, me acaba de caer el aguinaldo… ¡veinte mil colones más impuestos! ¡Veinte mil! Con eso no alcanzo ni pa’ un cartón de Pilsen ni pa’ la misa del gallo.

Silencio sepulcral. Hasta las moscas dejan de zumbar por respeto.

Doña Mary sale con el plato de Roderico y sentencia:

—Veinte mil es lo que me deben a mí de propinas desde 1987. Así que no llorés, Beto, que vos al menos tenés depósito directo. A mí me pagan en “gracias” y “la próxima”.

El Chiquitico saca su celular, que tiene más grietas que la carretera a Puriscal, y lee en voz alta la noticia de La Nación:

—“La CCSS confirma que más de once mil pensionados recibirán su aguinaldo a partir de hoy”. ¡Once mil! ¡Eso es casi la población de Alajuelita entera!

Don Roderico pega un grito:

—¡Entonces somos ricos! ¡Doña Mary, póngame otro casado, que invito yo!

Doña Mary lo mira como quien mira a un perro que se hace el muerto para que le den hueso:

—Roderico, con tu aguinaldo de maestro jubilado te alcanza pa’ medio casado y un chicle Trident. Y el chicle te lo regalo yo por lástima.

Don Chalo, desde atrás del mostrador, suspira tan hondo que casi apaga la vela de la virgencita:

—Miren, muchachos, el aguinaldo es como el amor: todo el mundo habla de él, todo el mundo dice que lo tiene, pero al fin del año, y cuando llega… es puro impuesto y decepción.

Entra entonces Don Minor, el muchacho que vende lotería, gritando:

—¡Chiquitica chances con el 13! ¡El número del aguinaldo gordo!

Todos se miran. Nadie tiene ni cinco colones sueltos.

El Chiquitico cierra el diario imaginario con que anota sus crónicas y sentencia:

—Título de hoy, muchachos: “Llegó el aguinaldo y se fue volando… directo a las garras del marchamo, la renta y la luz. Fin”.

Doña Mary pone el casado delante de Roderico y remata:

—Y si sobra algo, me lo traen a mí, que llevo cincuenta años esperando que alguien pague la cuenta completa.

El bar estalla en carcajadas. Afuera llueve. Adentro, el aguinaldo sigue siendo el mismo cuento de nunca acabar.

Y así, en el Bar La Sele, otro 29 de noviembre pasa a la historia… sin historia.