Por Franco Cerutti

### Robos en sede del PUSC a días de las elecciones – Cantina La Sele de Alajuelita – sábado, 24 de enero de 2026

En la Cantina La Sele, donde el aire huele a casados eternos y a promesas electorales rotas, el sol de la mañana se filtra por las persianas torcidas como un ladrón indeciso. Don Chalo, detrás de la barra, limpia un vaso con un trapo que ha visto mejores días, mientras Doña Mary, con sus cincuenta años de casados sirviendo casados, revuelve una olla que parece contener todos los secretos del barrio. Don Pepito, “El Chiquitico”, el cronista oficial, entra tambaleándose con un periódico arrugado bajo el brazo, como si llevara el peso de la nación en una hoja de lechuga.

—Mira esto, compas —gruñe Don Pepito, desplegando el diario sobre la mesa pegajosa—. Dos robos en la sede del PUSC en Los Yoses, en menos de una semana. A días de las elecciones. ¡Ja! Como si los ladrones estuvieran practicando para robar votos.

Don Roderico, acodado en la barra con su café que parece petróleo, suelta una carcajada que hace vibrar las botellas.

—Seguro que fueron los del PLN disfrazados de ratones. O tal vez los del PAC, que andan robando ideas desde hace años. ¿Y qué se llevaron? ¿Los planes de gobierno? Esos valen menos que un billete de Monopoly.

Doña Mary, sin dejar de remover, interviene con esa voz que corta como un machete oxidado.

—Ay, hombres, siempre con sus tonterías. Si robaron la sede del PUSC, seguro que se llevaron las sillas. Porque ahí nadie se sienta desde que perdieron el poder. O quizás las banderas, para usarlas de trapos en la cocina.

Don Filemón, el taxista pirata que jura haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en un taxi volador, entra pisando fuerte, con su sombrero ladeado como un OVNI aterrizado.

—Yo digo que fueron extraterrestres. Sí, señores, extraterrestres enviados por el TSE para probar la seguridad. Porque, ¿quién roba un partido político? Solo alguien que no sabe que ahí no hay nada que valga. Yo una vez llevé a un candidato en mi taxi, y me pagó con promesas. ¡Promesas! Tuve que cambiarlas por chicharrones.

Don Chalo, sirviendo un guaro que parece agua bendita, asiente con esa cara de quien ha visto pasar todas las campañas como desfiles de payasos.

—Extraterrestres o no, esto huele a complot. Imagínense: los ladrones entran, ven los carteles de “Unidad Social Cristiana” y piensan que es una iglesia. Se llevan las velas y dejan las deudas. Preocupación electoral, dice el periódico. ¡Ja! La única preocupación es que los candidatos ahora tengan que reunirse en un parque, sentados en el suelo como hippies.

Entra un vecino nuevo, Don Tito, con bigote de escoba y ojos de quien ha visto demasiadas telenovelas, pidiendo un fresco de chan.

—Oigan, ¿y si fueron los mismos del PUSC? Para victimizarse, ¿no? Como en las películas: roban su propia casa para cobrar el seguro. Pero aquí el seguro es el voto de lástima. “Vótennos, que nos robaron hasta el café”.

Don Pepito, ajustándose sus gafas que parecen fondos de botella, apunta con el dedo al aire como si dirigiera una orquesta invisible.

—Non sense total. Imaginen la escena: el ladrón uno dice “Oye, ¿dónde está el dinero?”, y el ladrón dos responde “Aquí no hay, solo folletos sobre honestidad”. Salen con las manos vacías y un sermón en el bolsillo. Esto es Costa Rica, donde roban sedes políticas porque las casas normales tienen alarmas mejores.

Doña Mary suelta una risita mientras sirve un plato humeante.

—Y ahora, con las elecciones encima, van a poner guardias. Guardias que duermen, como los de la Asamblea. O perros, pero los perros ladran a los políticos de todos modos.

Don Roderico levanta su taza en brindis.

—Brindemos por los robos. Al menos alguien entró a esa sede. Porque los votantes, ni por asomo.

La cantina estalla en risas, mientras el periódico se arruga más, como si se avergonzara de la noticia. Afuera, Alajuelita sigue su ritmo, indiferente a los ladrones y a los candidatos, que al fin y al cabo, parecen lo mismo.