### Magistrada Patricia Solano considera que investigación de su crédito personal es persecución política – Cantina La Sele de Alajuelita – martes, 3 de noviembre de 2026.

por fcerutti | Nov 3, 2026 | Bar La Sele, Costa Rica, Vida cotidiana

### Magistrada Patricia Solano considera que investigación de su crédito personal es persecución política - Cantina La Sele de Alajuelita - martes, 3 de noviembre de 2026.

 

Don Pepito, «El Chiquitico», entró a la cantina con el periódico bajo el brazo y la solemnidad de quien trae el Génesis. Se acomodó los lentes redondos, carraspeó dos veces y miró a toda la barra.

—Señores, hoy les traigo un crédito de ciento veintiocho millones de colones.

—¿Y a mí quién me lo puso a nombre? —preguntó don Chalo sin dejar de secar un vaso—. Porque yo apenas puedo con el fiado de don Roderico.

—Ese fiado no es crédito, es patrimonio histórico —contestó don Roderico, soltando el humo por la comisura—. Lleva más años que la Constitución.

Doña Mary asomó desde la cocina con la cuchara de madera en alto, como quien bendice o amenaza, todavía no se sabía.

—Ya empezaron. Díganle a Pepito que lea la noticia y no se les vaya la olla con el fiado.

Don Pepito desplegó el periódico con ceremonia.

—La magistrada Patricia Solano compareció ayer ante la Comisión de Ingreso y Gasto Público. Los diputados de Pueblo Soberano investigan un préstamo que ella sacó con la Asociación Solidarista de empleados judiciales para hacerse una casa en Parrita. Ella dice que es persecución política.

—Diay, ciento veintiocho millones —silbó don Chalo—. Yo con eso me hago la ampliación de la cantina y hasta le pongo techo al patio.

—Ahí está el asunto, Chalo —dijo don Roderico, levantando el cigarrillo como si fuera un puntero—. Eso no es plata del Estado. Es plata de una asociación solidarista, privada. ¿Qué pinta una comisión de Hacienda husmeando en un préstamo privado?

—Dicen los de Pueblo Soberano que sí pinta —replicó don Pepito, hundiendo el dedo en el periódico—. Que hay que ver el asunto de la cesantía que ella recibió cuando se jubiló, antes de llegar a magistrada. Y la oposición dice que más parece venganza política.

—Venganza o no, mae, a mí me da cosa —intervino una voz desde el fondo.

Era el cliente nuevo del bigote, que llevaba tres cafés mirando la pared y por fin había decidido participar.

—¿Cosa por qué? —preguntó doña Mary.

—Porque si yo saco un crédito en el solidarista de la empresa y al otro día me llaman unos diputados a explicar cómo hice mi cocina, yo me pongo a temblar.

—Usted no tiene ni cocina, Bigote —dijo don Chalo—. Usted come aquí.

Hubo risas. Don Roderico tosió, medio por el humo y medio por la risa.

La puerta se abrió con un chirrido y entró don Filemón, con la gorra torcida y el diente de oro brillando como señal de tránsito.

—Muchá, vengo de la parada y tengo que contarles una cosa.

—Si es que llevó a Laura Chinchilla al aeropuerto, ya la sabemos —lo cortó doña Mary.

—Ya sé, ya sé, pero esto es peor. Resulta que la magistrada también contó que vio un dron sobrevolando la propiedad. Un dron, muchá. Yo no sé qué es peor, que la investiguen o que la espíen con aparatito.

—Eso lo dijo ella, Filemón —aclaró don Pepito—. Y dijo que va a denunciar penalmente la filtración de sus datos. Pero lo que uno entiende es que ella sostiene que el crédito es legal, que ya lo pagó todo y que lo que se hizo con sus datos fue una intromisión.

—Un dron en Parrita —repitió don Filemón, mirando al techo—. Yo ahorita sospecho hasta de los zopilotes de Alajuelita.

—Esos son del sindicato de la basura —dijo don Roderico con total seriedad.

El electricista nuevo, que revisaba el enchufe de la rockola desde hacía un rato, levantó la cabeza.

—Yo me quedo con el dato más raro de todos: esto pasó dos días antes de que el plenario vote si la reeligen. Mañana es la votación. Si fuera casualidad, sería la casualidad más puntual del país.

—Ahí sí hablaste, electricista —asintió don Chalo—. Para algunos es persecución, para otros es fiscalización, y entre los dos queda el pobre ciudadano sin saber a quién creerle.

—Yo creo que hay que creerle a la que tiene la cuchara —sentenció doña Mary, blandiendo la suya—. Que los diputados fiscalicen los fondos públicos, que para eso les pagamos. Y que si hay duda sobre un crédito privado, lo diga quien tenga que decirlo, con papeles y por la vía que corresponde. Pero que no se hagan los sordos con otras cosas que sí son plata de todos.

—Eso mismo dijeron algunos diputados de la oposición —comentó don Pepito, anotando algo en su libreta—. Que por qué investigar esto y no otras cosas.

—Mi vieja siempre tiene razón —murmuró don Chalo, y se agachó rápido porque la cuchara pasó rozándole la gorra.

—Ya lo escuché —dijo doña Mary—. Y que quede claro: en esta casa el único crédito que se investiga es el de don Roderico, y ese sí lo sacamos a la luz hoy mismo.

—Mary, por favor, estoy en pleno debate nacional —protestó don Roderico.

—Pues el debate nacional también debe a la casa tres meses de gallos y cervezas —replicó ella.

Don Roderico apagó el cigarrillo con la dignidad de un magistrado y sacó la billetera, que tenía más polvo que billetes.

Don Pepito cerró el periódico, se quitó los lentes redondos y los limpió con la camisa clara.

—Anoten, señores, que mañana se vota y que hoy en La Sele quedó claro un asunto: aquí no se sabe quién tiene la razón, pero todos sabemos quién debe plata.

—Pura vida, Pepito —dijo don Chalo, levantando el vaso—. Que la justicia llegue pronto, y que el dron no pase por la cantina.

—Si pasa, lo atrapo con la cuchara —dijo doña Mary.

Y nadie dudó de que podía hacerlo.