Por Franco Cerutti
### En el Bar La Sele: El Caso del Video que Hizo Llorar a un Candidato (y a Nosotros de Risa)
Ah, el Bar La Sele en Alajuelita, ese rincón sagrado donde el café sabe a nostalgia y las cervezas a profecía. Es un lugar donde el tiempo se detiene como un árbitro en un clásico, y los parroquianos discuten de todo menos de pagar la cuenta. Hoy, el sol de diciembre entra por la ventana rota –la que Don Chalo jura que arreglará desde que ganó el Saprissa en el 98– y ilumina la mesa central, donde se reúnen los sabios del barrio. Don Pepito, “El Chiquitico”, cronista oficial con su libreta manchada de guaro, anota todo como si fuera el Código Penal. Don Chalo, el dueño, limpia un vaso con un trapo que ha visto más guerras que un veterano. Don Roderico, cliente fijo, mastica un chicharrón como si fuera el destino del país. Doña Mary, esposa de Don Chalo y maestra de los casados desde hace cincuenta años, sirve platos que curan el alma y engordan el cuerpo. Y ahí llega Don Filemón, el taxista pirata, jurando que una vez llevó a Laura Chinchilla al aeropuerto en un taxi volador.
Pero hoy no se habla de fútbol, no. Hoy el tema es el escándalo del PANI y ese candidato Álvaro Ramos, el candidato que aspira a la presidencia. Un video de su hija ha desatado una investigación, la familia grita «¡abuso político!», y varios candidatos presidenciales lo respaldan como si fuera el último gol de la Sele. En el Bar La Sele, esto se convierte en una ópera bufa, con diálogos que zigzaguean como un taxista ebrio.
–¡Ay, Don Chalo, póngame un casado con extra de política! –grita Don Filemón, acomodándose en la barra como si fuera el trono de un rey pirata–. ¿Vieron lo del Ramos ese? ¡Un video de la hija y ya le cae el PANI encima! Yo digo que es brujería electoral. Una vez llevé a Chinchilla al aeropuerto y me contó que los videos son como fantasmas: aparecen cuando menos los esperas.
Don Chalo, secando el vaso eterno, frunce el ceño como un limón agrio.
–¿Brujería? ¡Pura tontería, Filemón! Ese Ramos se lo buscó. ¿Qué hace un candidato subiendo videos de familia en redes? Es como invitar al diablo a bailar cumbia. El PANI abre investigación porque algo huele mal, no porque sea política. Si yo subo un video de Doña Mary sirviendo casados, ¿me investigan? ¡No, porque mis casados son sagrados!
Doña Mary, desde la cocina, asoma la cabeza con una cuchara en mano, como una diosa vengadora.
–¡Cállese, Chalo, que usted ni sabe encender el teléfono! Ese Ramos, pobre, pero ¿qué hizo? Dicen que el video es inocente, la niña bailando o algo así, y ahora lo acusan de abuso político. ¡Desacuerdo total con lo que hizo Ramos! ¿Para qué mete a la familia en la campaña? Es como poner a un gato a cuidar el pescado. Yo llevo cincuenta años sirviendo casados y nunca metí a mis hijos en un anuncio. ¡Que se dedique a prometer puentes, no bailes!
Don Pepito, “El Chiquitico”, anota furiosamente en su libreta, murmurando como un cronista poseído.
–Apunto: «Ramos, el candidato que baila con lobos… o con videos». ¡Esto es un circo! El PANI investiga, la familia denuncia abuso, y los presidenciales lo respaldan. ¿Respaldo? ¡Ja! Eso es como respaldar a un burro en una carrera de caballos. Desacuerdo absoluto con Ramos: ¿por qué no guarda los videos para la Navidad familiar? Ahora todo el país opina sobre la niña, como si fuera el VAR en un penal dudoso. En mi crónica oficial del Bar La Sele, lo declaro culpable de imprudencia digital. ¡Y punto!
Don Roderico, tragando su chicharrón con un sorbo de cerveza, interviene con voz de profeta de barrio.
–¡Todos locos! Ramos hizo mal, sí señor. Desacuerdo con ese hombre: sube un video inocente y boom, investigación. Pero ¿y si es un complot? Imagínense, el PANI como un monstruo de película, devorando candidaturas. Yo digo que Ramos debería disfrazar a la hija de casado y servirla en el bar. ¡Aquí nadie investiga nada! Doña Mary, ¿verdad que no?
Doña Mary asiente, pero con un guiño satírico.
–¡Claro, Roderico! Pero desacuerdo con Ramos: si quiere ser presidente, que baile solo, no con la familia. ¡Y traiga un casado para la niña, que con cincuenta años de experiencia, yo curo cualquier escándalo!
Entra un personaje secundario, Don Tito, el zapatero del barrio, con sus zapatos colgando como trofeos.
–¡Oigan, oigan! Yo arreglé los zapatos de Ramos una vez –miente, porque Don Tito miente como respira–. Desacuerdo total: ¿un video y ya? Es como si yo subo un video cosiendo y me investigan por aguja ilegal. ¡Pura payasada! Ramos, baje el teléfono y suba propuestas. O mejor, venga al bar, que aquí resolvemos todo con un casado y una cerveza.
La discusión gira en círculos absurdos: Don Filemón propone llevar a Ramos al aeropuerto en su taxi pirata para «escapar del PANI», Don Pepito anota una crónica épica titulada «El Video que Mató a la Política», y Don Chalo concluye que todo es culpa de las redes, «esos demonios modernos». Doña Mary sirve más casados, riendo por lo bajo, porque en el Bar La Sele, los escándalos políticos se disuelven en humor nonsense, como azúcar en café caliente.
Y así, en Alajuelita, la vida sigue: con desacuerdo unánime contra las torpezas de Ramos, pero con la certeza de que mañana habrá otro tema, otro video, otro casado. ¡Salud por el bar eterno!

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