Por Franco Cerutti
¡Ay, el Viento Navideño que Nos Lleva a Todos Volando!
Por Don Pepito, “El Chiquitico”, cronista oficial del Bar La Sele, Alajuelita.
En el Bar La Sele, aquí en Alajuelita, donde el café sabe a gloria y el guaro a redención, hoy es Nochebuena, pero parece que el cielo anda de malas pulgas. Yo, Don Pepito, el Chiquitico, estoy aquí con mi libreta manchada de arroz con pollo, anotando las locuras del día. Afuera, el viento aúlla como si el diablo estuviera practicando para un concurso de silbidos, y adentro, el bar es un circo de opiniones voladoras. Don Chalo, el dueño, está detrás de la barra limpiando un vaso que ya brilla más que el sol de mediodía, mientras Doña Mary, su esposa eterna, sirve casados como si fueran el remedio universal contra el hambre y el aburrimiento. Lleva cincuenta años haciéndolo, y jura que cada casado es un matrimonio perfecto entre arroz y amor.
Entra Don Roderico, con su sombrero ladeado como si lo hubiera peinado un huracán prematuro. “¡Chalo, ponme un fresco de chan!”, grita, y se sienta en su banquito fijo, el que cruje como un viejo amigo. “¿Oyeron lo del tiempo? El IMN dice que vienen ráfagas de hasta 80 km/h. ¡Lloviznas por todo el país! En plena Nochebuena, ¿eh? Como si Papá Noel viniera en paracaídas”.
Don Chalo suelta una risa que suena a botella destapada. “¡Ja! Ese viento es el espíritu de los regalos atrasados. Va a llevarse las deudas volando, Roderico. Imagínate: tus facturas de luz girando como molinillos por Alajuelita, aterrizando en Limón. Y las lloviznas, esas son las lágrimas de los que no compraron paraguas en oferta”.
Doña Mary, sin dejar de revolver el guiso, interviene con su voz de trueno suave: “Cincuenta años sirviendo casados, y nunca vi un viento que respete la Navidad. El año pasado, uno así se llevó el pesebre del vecino. El Niño Jesús terminó en el techo de la iglesia, mirando al revés. ¡Y ahora, 80 km/h! Eso no es viento, es un divorcio express del clima”.
De repente, la puerta se abre de golpe –¡zas!– y entra Don Filemón, el taxista pirata, con su camisa a cuadros que parece un mapa del tesoro perdido. “¡Buenas, compas! Acabo de dejar a una señora en el aeropuerto, juro que era Laura Chinchilla disfrazada de turista. Me dijo: ‘Filemón, acelera, que el viento me quiere secuestrar el sombrero’. ¿Y saben? Con este pronóstico, mis carreras van a ser épicas. Imagínense: el taxi volando como un dron, clientes pagando extra por el tour aéreo. 80 km/h, dice el IMN. ¡Eso es velocidad gratis! Pero cuidado con las lloviznas: son como confeti mojado, te dejan pegajoso y arrepentido”.
Aparece entonces Tío Lalo, el electricista jubilado que siempre anda con un cable suelto en el bolsillo, y se une al coro: “Ese viento es conspiración de las compañías de seguros. Van a cobrar primas por techos voladores. Y las lloviznas, ¡ah! Esas son el preludio de un diluvio nonsense. El otro día, una gota me cayó en el ojo y vi el futuro: tamales flotando por la calle principal”.
Don Roderico asiente, sorbiendo su fresco. “¿Y si el viento se lleva el arbolito de Navidad de la plaza? ¡Sería el primer pino volador de Costa Rica! Papá Noel aterrizando en Guanacaste por error, repartiendo regalos a las vacas”.
Yo, el Chiquitico, anoto todo: vientos que roban sombreros, lloviznas que lloran por los paraguas olvidados, y un bar donde el humor es más fuerte que cualquier ráfaga. Don Chalo cierra el debate: “Bueno, muchachos, si el viento viene, cerramos las puertas y brindamos adentro. ¡Que las lloviznas rieguen los tamales, no las ilusiones!”.
Y así, en el Bar La Sele, la Nochebuena se prepara para un baile loco con el clima. ¡Felices fiestas, ticos! Si el viento los lleva, aterricen aquí por un casado. Doña Mary los espera.

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