Por Franco Cerutti

### Ajustes en cuotas obrero-patronales de la CCSS entran en vigor en la Cantina La Sele de Alajuelita

En la Cantina La Sele, el humo del cigarrillo de Don Roderico se enreda con el vapor de los casados que Doña Mary sirve desde hace medio siglo, mientras el ventilador de techo gira como un helicóptero borracho. Don Pepito, El Chiquitico, entra agitando un periódico arrugado, con los ojos brillantes como monedas de cinco colones.

—Mae, ¿oyeron lo de la Caja? ¡Suben las cuotas! El patronal de IVM de 5,42 a 5,58, y el trabajador de 4,17 a 4,33. ¡Es el fin del mundo, les digo!

Don Chalo, detrás de la barra, limpia un vaso con un trapo que parece haber sobrevivido a la Guerra de los Mil Días, y suelta un gruñido.

—Pura vaina. Yo ya pagaba cuotas cuando el dólar valía un chingo y ahora me vienen con decimales. ¿Qué es eso de 0,16 más? ¿Una propina para el diablo?

Doña Mary deja un plato humeante frente a Don Roderico, que lo mira como si fuera un extraterrestre.

—Ay, Chalo, no seas exagerado. Con cincuenta años sirviendo casados, he visto subidas peores. Recuerdo cuando subieron el IVA y la gente pedía casados sin arroz para ahorrar. Ahora con esto, van a pedir salarios sin salario.

Don Filemón, recostado en su silla como si fuera el taxi pirata que maneja, interviene con una sonrisa de quien ha llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto –o eso dice–.

—Ja, yo una vez llevé a un tipo de la Caja al Juan Santamaría. Me dijo que las cuotas eran para que los viejos vivan eternamente. Con este aumento, voy a tener que cobrar extra por el aire acondicionado en mi carro. ¿Y si suben tanto que el salario se evapora? ¡Pum! Desaparece como mi licencia de taxi.

Un cliente nuevo, Don Lalo, que acaba de entrar con un sombrero ladeado, se une al coro mientras pide una Pilsen.

—¿Evapora? Mae, imagínense: vas al cajero, metés la tarjeta y en vez de billetes sale un recibo diciendo «Gracias por su cuota, ahora debe plata por existir». Yo trabajo en una finca, y con esto, las bananas van a costar más que un yate.

Don Pepito, cronista oficial, anota en su libretita con lápiz mordido.

—Esto es material para la historia del bar. Año Nuevo y ya nos roban los centavos. ¿Saben qué? Deberíamos hacer una huelga de cuotas. Todos nos volvemos inmortales sin pagar, como vampiros ticos.

Don Roderico, masticando su casado, escupe una risa.

—Vampiros, dice. Con mi pensión, ya soy un zombie. Suben 0,16 y mi café mañanero se convierte en lujo. Doña Mary, ¿puede servirme un casado decimal? Mitad arroz, mitad nada.

Doña Mary revuelve los ojos y sirve otra ronda.

—Todos unos payasos. Si siguen hablando, las cuotas van a subir por el ruido. Chalo, poné la radio, a ver si el presidente dice que es broma de Año Nuevo.

Don Chalo gira el dial, pero solo sale estática, como si la Caja hubiera cobrado hasta las ondas.

—Y ahora, ¿qué? ¿Cobran por oír? Mae, con esto, hasta el loro del bar va a tener que aportar.

Don Filemón asiente, fingiendo sabiduría.

—Exacto. Yo llevé a Chinchilla y ella me dijo: «Filemón, las cuotas son como el tráfico, siempre suben». Pero con decimales, es como si el tráfico tuviera fracciones: «Avance 0,58 metros».

Don Lalo, ya con la Pilsen en mano, propone lo absurdo.

—Hagamos un trueque: yo doy bananas por cuotas. La Caja se llena de fruta y nosotros de salud gratis. ¿O no?

Don Pepito cierra su libreta con un golpe.

—Genial. Mañana lo escribo: «La Revolución de las Cuotas en La Sele: De decimales a delirios». ¡Salud por los que pagan más para vivir menos!

La cantina ríe, los vasos chocan, y las cuotas, invisibles, flotan como fantasmas non sense sobre las cabezas.