Por Franco Cerutti
### Temblor reportado cerca de San José — Cantina La Sele, Alajuelita — lunes 12, enero 2026
En la Cantina La Sele de Alajuelita, esa mañana el aire olía a café quemado y a gallo pinto recalentado de la víspera, como si el tiempo mismo se hubiera quedado dormido en la plancha de Doña Mary.
—Oigan, ¿sintieron el tembleque? —preguntó Don Pepito mientras ajustaba los lentes que siempre se le caían hacia la nariz como si tuvieran miedo de ver el mundo de frente—. Un 1.8, dicen, en el Pacífico, 29 kilómetros al sur de Puntarenas. Casi nada, pero yo lo sentí aquí en la mesa, como si la cerveza se hubiera movido sola.
Don Chalo, detrás del mostrador, limpiaba un vaso que ya estaba más limpio que la conciencia de un político en campaña.
—Ay, Pepito, vos siempre exagerando. Eso fue el camión de la basura que pasó raspando el poste. O tal vez fue tu hígado que dio un brinco porque anoche te pasaste con el guaro.
Doña Mary, con la espátula en alto como si fuera a declarar la guerra al arroz, soltó un suspiro que hizo temblar las botellas en el estante.
—Cincuenta años sirviendo casados y nunca he visto un temblor que no sea el de Roderico cuando llega la cuenta. Ese sí que sacude la mesa.
Don Roderico, sentado en su esquina sagrada, levantó la mirada del periódico que leía al revés desde hacía tres días.
—Era de magnitud 1.8, sí, pero en escala de mi exsuegra. Si llega a 3.5 ya estamos hablando de divorcio de verdad. Lo mío fue leve, solo me cayó una gota de café en el pantalón. Nada que no se arregle con otra imperial.
De repente entró Don Filemón, el taxista pirata, con el sombrero ladeado y cara de quien acaba de inventar la rueda.
—Muchachos, yo lo sentí clarito. Iba llevando a un turista por la ruta a Puntarenas y el carro brincó como si tuviera resortes. Le dije al gringo: “Tranquilo, es solo Costa Rica desperezándose”. Y él me contestó: “No, es que yo soy de California, aquí los temblores vienen con marihuana”. ¡Ja! Le cobré extra por el susto.
Don Pepito, cronista oficial, sacó su libretita que parecía haber sobrevivido a tres terremotos mayores.
—Según mis cálculos científicos —dijo mientras dibujaba un mapa en una servilleta con manchas de chimichurri—, si el temblor fue a 29 km al sur, entonces aquí en Alajuelita fue de 0.0008. O sea, ni para asustar a una iguana. Pero igual lo reporto: “Temblor insignificante despierta a la nación… o al menos a la cantina”.
Doña Mary sirvió otro casado sin que nadie lo pidiera, como si el temblor hubiera abierto el apetito colectivo.
—Coman, que si viene el grande, al menos que sea con la panza llena. Porque yo no corro con hambre, yo corro con dignidad.
Don Chalo miró al techo, donde una telaraña bailaba levemente.
—Miren, si la tierra tiembla es porque está cansada de tanto político ladrón. O tal vez solo quiere recordarnos que todavía estamos vivos. Aunque sea de a poquito.
Don Roderico levantó su vaso.
—Brindo por el tembleque de 1.8. Que siga así de tímido, que no se ponga valiente como la inflación.
Todos chocaron vasos, y el tintineo sonó exactamente igual que un temblorcito de 1.8: discreto, casi imperceptible, pero suficiente para que nadie olvidara que la tierra, como la vida en la Sele, siempre da un pequeño brinco cuando menos te lo esperas.

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