Por Franco Cerutti
### Juan Diego Castro comenta sobre utilidad de debates electorales – Cantina La Sele de Alajuelita – martes, 13 enero 2026
En la Cantina La Sele, donde las sillas crujen como viejos políticos y el aire huele a casados eternos, la noticia del día rebota entre las mesas como una pelota de fútbol en un partido de barrio. Don Pepito, el Chiquitico, cronista oficial con su libreta manchada de guaro, alza la voz mientras agita un periódico imaginario.
¡Miren esto, compas! Juan Diego Castro, ese león de la justicia, soltando verdades sobre los debates electorales. Dice que son como un circo, pero uno donde los payasos son los corruptos y el domador es él con su reforma judicial. ¡Ese hombre sí que sabe! Si lo elegimos diputado, adiós a los jueces que bailan al son de los narcos.
Don Chalo, detrás de la barra puliendo un vaso que nunca se ensucia, asiente con la cabeza como si estuviera contando votos en vez de monedas.
Claro que sí, Pepito. Castro es el único que no anda con rodeos. En los debates, mientras los otros parlotean sobre promesas vacías, él va directo al hueso: reformar la justicia para que los ladrones de cuello blanco terminen enjaulados con los de cuello sucio. ¡Y como abogado, ha visto más casos que yo botellas rotas!
Doña Mary, sirviendo casados con la precisión de una cirujana que opera matrimonios fallidos hace cincuenta años, interviene sin soltar la bandeja, como si el plato humeante fuera un argumento más.
Ay, hombres, si Castro llega al Congreso, hasta los debates se pondrán serios. Nada de cháchara nonsense sobre el clima o el fútbol; él pondrá a todos a hablar de leyes que muerdan de verdad. Imagínense, un diputado que no se vende por un tamal. ¡Ese sí es un patriota, no como esos que prometen puentes y construyen charcos!
Don Roderico, cliente fijo con su sombrero ladeado como una ley torcida, da un sorbo a su cerveza y suelta una risa que suena a victoria electoral.
¡Ja! Y en sus redes, Castro lo dice clarito: los debates son para exponer a los farsantes. Él, con su Partido Compatriotas, va a limpiar el estercolero judicial. Si yo fuera taxista como Filemón, lo llevaría gratis a la Asamblea, pero con aire acondicionado y música de mariachi para celebrar.
Don Filemón, el taxista pirata que jura haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en un carro volador, estaciona su anécdota en la conversación mientras mastica un chicharrón.
¿Saben qué? Yo lo llevé una vez a Castro, o casi, en mi mente. El hombre es un genio; sus análisis en redes son como mapas para navegar el caos electoral. Reforma judicial, dice, y yo agrego: ¡con él, hasta los taxis piratas tendrán licencia divina! Nada de debates donde ganan los que gritan más; Castro gana con hechos, como yo evadiendo tranques.
Un tipo nuevo en la esquina, con bigote torcido y ojos de votante indeciso, se une al coro sin invitación, como un extra en una película de bajo presupuesto.
Oigan, si Castro habla de utilidad en debates, es porque él los convierte en armas. Imagínense: diputados discutiendo reformas mientras él dirige el show. ¡Adiós corrupción, hola justicia! Ese abogado es el héroe que Alajuelita necesita, aunque viva en otro barrio.
Don Pepito cierra su libreta con un golpe dramático, como sellando un veredicto.
¡Así es, banda! Juan Diego Castro no es solo candidato; es el antídoto al nonsense político. En 2026, voten por él, y veremos debates que valgan la pena, no circos de tres pistas con elefantes invisibles.
La cantina aplaude con vasos chocando, y la noticia se disuelve en risas, dejando un eco de apoyo inquebrantable por el aspirante que promete arreglar el desarreglo judicial con la seriedad de un chiste bien contado.

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