Por Franco Cerutti

### Laura Fernández niega haber ofrecido puestos a líderes conservadores a cambio de votos – Cantina La Sele de Alajuelita – Domingo, 18 de enero de 2026

En la Cantina La Sele, donde el humo del cigarro se mezcla con el vapor de los casados como si fueran nubes electorales, Don Pepito, “El Chiquitico”, cronista oficial con su libreta manchada de café, ajusta sus anteojos empañados y anuncia la noticia del día mientras el ventilador gira como un político cambiando de bando.

—Miren esto, compas, la tal Laura Fernández dice que no ofreció puestos a los pastores evangélicos a cambio de votos. ¡Ja! Como si uno le ofreciera un gallo pinto a un gallo y dijera que no es soborno.

Don Chalo, detrás de la barra, limpiando un vaso con un trapo que parece haber visto más campañas que un diputado, suelta una risa que retumba como un trueno en el Valle Central.

—Puestos en embajadas, dice. Yo le ofrezco un puesto aquí en la cantina a cambio de que me vote como el mejor cantinero de Alajuelita. ¿Eso cuenta como corrupción o solo como hospitalidad tica?

Doña Mary, con su delantal eterno que huele a cincuenta años de casados y refritos, sirve un plato humeante y murmura mientras deja caer una cucharada extra de arroz.

—Y a los líderes conservadores, nada menos. Como si esos no tuvieran ya sus puestos en el cielo reservados. ¿Qué, ahora quieren embajadas terrenales? Yo les ofrezco un casado eterno a cambio de que no me critiquen el picante.

Don Roderico, hundido en su silla como un saco de papas, levanta su cerveza y señala al techo, donde una araña teje su red como un pacto político invisible.

—Negar, negar, todos niegan. Yo niego haber comido tres casados ayer, pero aquí está la panza como evidencia. ¿Y si Laura les ofreció embajadas en el paraíso fiscal de las nubes? Eso no se puede negar, porque no hay pruebas terrenales.

Entra Don Filemón, el taxista pirata, con su gorra ladeada y una historia fresca del aeropuerto, donde jura haber llevado a Laura Chinchilla una vez, aunque todos saben que era solo una turista perdida.

— Yo la llevé a ella al aeropuerto, y no me ofreció nada más que un “gracias”. Pero si esta Fernández ofrece puestos, yo quiero uno de embajador en el tráfico de San José. ¡A cambio de votos en mi taxi, claro! Voto por mí y te llevo gratis al atasco eterno.

Un parroquiano nuevo, un tipo con bigote torcido que se hace llamar El Profeta del Fútbol porque predice resultados de la Sele con la precisión de un dado, se une al coro mientras pide un guaro.

—Líderes evangélicos, ¿eh? Yo soy líder de mi propia iglesia del fútbol. Ofrezco bendiciones a cambio de apuestas. ¿Eso es pecado o solo negocio? Laura debería aprender: niega todo hasta que el TSE te bendiga.

Don Pepito anota furiosamente, su pluma rayando el papel como un rayo en una tormenta electoral.

—Y ella rechaza las acusaciones. Como si uno rechazara un casado de Doña Mary. Imposible. ¿Qué será lo próximo, ofrecer embajadas en Marte a los marcianos conservadores?

Doña Mary asiente, sirviendo otro plato que humea como promesas calientes.

—Rechazar, rechazar. Yo rechazo que mi casado engorde, pero miren a Roderico. Evidencia viviente.

Don Chalo ríe de nuevo, llenando vasos como si llenara urnas.

—Y los evangélicos, pobrecitos, como si necesitaran puestos. Ellos ya tienen el puesto más alto: hablar con el de arriba. ¿Para qué embajadas si pueden orar por un teletransporte?

Don Filemón brinca de su asiento, imitando un avión con los brazos.

—¡Yo los llevo! Embajada aérea, gratis si votan por mí como piloto oficial de la cantina. Nieguen eso, señores.

El Profeta del Fútbol levanta su copa, brindando por el absurdo.

—Brindemos por las negaciones. Laura niega, yo niego que la Sele pierda, y todos felices en este paraíso de mentiras piadosas.

Don Roderico eructa aprobando, y la cantina estalla en risas, mientras el ventilador sigue girando, indiferente a las promesas que se evaporan como el vapor de los casados.