Por Franco Cerutti

### Ortega y Murillo Felicitaron a Laura Fernández por su Victoria – Cantina La Sele, Alajuelita – miércoles, 4 de febrero de 2026

En la Cantina La Sele, el humo del cigarrillo de Don Roderico flotaba como una nube perezosa sobre la barra, mientras Doña Mary servía otro casado con la precisión de quien ha repetido el gesto medio siglo. Don Chalo, detrás del mostrador, limpiaba un vaso con un trapo que parecía más viejo que el bar mismo.

Don Pepito, “El Chiquitico”, entró tambaleándose con un periódico arrugado bajo el brazo, gritando como si anunciara el fin del mundo.

– ¡Atención, parroquianos! ¡Ortega y Murillo han felicitado a Laura Fernández! Dicen que el proceso electoral fue sólido como una piña madura y le desean éxito en su mandato. ¿Qué les parece? Nicaragua mandando besos volados a Costa Rica.

Don Chalo soltó una carcajada que hizo vibrar las botellas de guaro.

– Ja, ja, ja. Sólido como una piña, dice el Chiquitico. Más bien sólido como el cemento que usan para tapar las protestas. ¿Y qué van a hacer ahora? ¿Invitarla a un asado en Managua con chorizo de dictador?

Doña Mary, sin dejar de cortar cebolla, intervino con su voz ronca de años sirviendo.

– Ay, hombres, siempre hablando de política como si fuera fútbol. Laura ganó, y esos dos la felicitan. Seguro que Ortega piensa que ella va a plantar bananos en el patio de la Casa Presidencial y exportarlos a Rusia en submarinos invisibles.

Don Roderico, apagando su cigarrillo en un plato vacío, se inclinó hacia adelante con los ojos entrecerrados.

– Submarinos invisibles, dice Doña Mary. Yo digo que Murillo ya está planeando un desfile de modas con trajes ticos y nicaragüenses mezclados: sombrero de vaquero con sandalias de hule y una bufanda de banderas quemadas. ¡Éxito en el mandato! Como si el éxito fuera un tamal que se come en Navidad.

Don Filemón, que acababa de aparcar su taxi pirata afuera –el mismo que jura haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en un viaje donde ella le contó secretos de estado sobre el precio del café–, entró sacudiéndose el polvo.

– Yo la llevé una vez, a Chinchilla, y me dijo que los nicaragüenses felicitan a todo el mundo menos a sus propios vecinos. Ahora Ortega felicita a Fernández. ¿Será que quiere un pedazo de Guanacaste para plantar mangos voladores? O tal vez envíe un regalo: un volcán portátil para calentar el agua en San José.

Un tipo nuevo, Don Lalo el electricista, que andaba por ahí arreglando el ventilador que giraba como un político indeciso, se metió en la charla sin invitación.

– Volcán portátil, ja. Mejor que mande un río que cambie de curso solo, como el San Juan. Felicidades sólidas, dicen. Sólidas como mi factura de luz, que sube más que un cohete a la luna. ¿Y Laura qué responde? ¿Un gracias con arroz con pollo envuelto en hoja de banano?

Don Pepito agitó el periódico como una bandera de rendición.

– ¡Escuchen! Dicen que destaca la solidez del proceso. Solidez, como si las urnas fueran hechas de adamantium. En Nicaragua, las urnas son de cartón reciclado de promesas rotas. ¿Y nosotros? Aquí en Costa Rica, las elecciones son como un partido de la Sele: ganamos, pero siempre con drama y penales inventados.

Doña Mary sirvió otro casado a Don Roderico, que lo miró como si fuera un trofeo.

– Drama y penales. Mejor que Ortega mande a Murillo de embajadora. Ella vendría con su pelo de colores y nos enseñaría a pintar las calles de rojo y negro, pero con purpurina tica. Éxito en el mandato, claro. Como si el mandato fuera un guacamayo que habla solo mentiras.

Don Chalo llenó vasos de chicha para todos, riendo hasta que le dolió la panza.

– Guacamayo mentiroso. Yo digo que esto es el comienzo de una hermandad: Costa Rica y Nicaragua unidas por felicitaciones telegráficas. Próximo paso: un puente sobre el Río San Juan hecho de piñatas rellenas de dulces y decretos presidenciales. ¡Salud por la solidez!

Don Filemón levantó su vaso, chocando con el de Don Lalo.

– Puente de piñatas. Y yo lo cruzaría en mi taxi, llevando a Laura a Managua para un café con leche de coco y conspiraciones. Pero cuidado, que el puente se rompe si alguien estornuda una verdad.

La cantina estalló en risas, mientras el ventilador seguía girando loco, como si aprobara el disparate. Don Pepito dobló su periódico, satisfecho con la crónica del día.