Por Franco Cerutti

### Fiscal pide a Laura Fernández descongelar ₡8.688 millones urgentes bloqueados por Hacienda — Cantina La Sele, Alajuelita — viernes, 13 de febrero de 2026

En la Cantina La Sele el ventilador gira como si estuviera buscando trabajo en otro lado. Don Chalo limpia el mostrador con un trapo que ya vio mejores días, y Doña Mary sirve casados con la precisión de quien lleva cincuenta años contando frijoles sin equivocarse.

Oye Chalo, ¿oíste lo del fiscal que le pide a la Laura Fernández que descongele ocho mil seiscientos ochenta y ocho millones? Esos millones que Hacienda tiene guardados como si fueran galletas en frasco alto.

Ocho mil seiscientos ochenta y ocho millones. ¿Eso no es más o menos lo que cuesta el estadio nuevo cada vez que lo remodelan? Porque cada vez que lo remodelan sale más caro que la vez anterior.

No, Roderico, eso es para combatir el crimen organizado. El fiscal dice que son urgentes, para contratar más gente en la Fiscalía y el OIJ. Pero el gobierno de Chaves los congeló. Ahora la presidenta electa tiene que decidir si los descongela o los deja ahí, como reliquia.

Reliquia congelada. Suena a helado de fiambre que se quedó en el congelador desde las elecciones del 82.

Don Pepito, el cronista oficial, garabatea en su libreta con un lápiz mordido. Miren, muchá, esto es sencillo. Imagínense que los ocho mil millones son un montón de gallinas congeladas. El fiscal grita: “¡Descongélenlas, que las necesitamos para la sopa contra el narco!”. Y Laura Fernández, desde su oficina con vista a La Sabana, dice: “¿Y si las dejamos congeladas un ratito más? Total, el narco también tiene congelador”.

Pero el narco tiene congelador de lujo, con dispenser de hielo picado y todo. Nosotros ni para cubitos llegamos.

Filemón entra empujando la puerta con el hombro, como siempre, oliendo a gasolina y a cuento viejo. Muchá, yo la llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto una vez, y me dijo: “Filemón, si algún día me piden descongelar millones, los descongelo pero solo si vienen con instrucciones de microondas”. ¿Ven? Todo es cuestión de instrucciones.

Instrucciones. El fiscal le manda carta a Laura Fernández: “Por favor, descongele esto urgente”. Y ella responde: “¿Urgente como cuando se acaba la birra en viernes santo o urgente como cuando se le pincha la llanta al carro del presidente?”.

Doña Mary deja caer un plato de casado frente a Roderico. Ahí tiene, con extra de picadillo porque hoy toca congelar el hambre también. Oiga, si descongelan esos millones, ¿no será que los usan para pagar la luz de la Fiscalía? Porque la última vez que vi la factura, parecía que estaban alumbrando el Monumento Nacional con reflectores de estadio.

O para comprar más congeladores. Así congelamos más millones y después pedimos descongelarlos otra vez. Es el ciclo eterno de la plata congelada. Como el pupitre de la escuela: lo congelas en verano y en diciembre lo descongelas para que los chiquillos suden.

Chalo suspira y sirve otro guaro. Miren, si yo congelara ocho mil millones en mi nevera, primero compraba otra nevera. Y luego otra. Hasta tener una flota de neveras. Y al final, cuando la Laura diga “descongélenlos”, abro todas las puertas y sale una avalancha de billetes que entierra Alajuelita entera. Pero salen calientes, porque el congelador mío no sirve ni para enfriar resentimientos.

Roderico mastica pensativo. ¿Y si los millones son de esos que se congelan porque son fantasmas? Dinero que nunca existió, pero que aparece en los papeles para que el fiscal tenga algo que pedir descongelar. Es como pedirle a Doña Mary que descongele el casado de ayer: ya no hay, pero el pedido queda registrado para la posteridad.

Filemón se ríe y golpea la mesa. ¡Exacto! Yo una vez llevé a un ministro al aeropuerto y me dijo: “Filemón, si algún día me piden descongelar millones, diles que los descongelé pero se me evaporaron en el maletero”. ¿Ven? Todo es evaporación fiscal.

Don Pepito cierra la libreta con un chasquido. Señores, anotado queda: en Costa Rica los millones se congelan por decreto, se piden descongelar por carta certificada, y al final se evaporan en el trópico sin dejar rastro. Igualito que el vapor del café que Doña Mary acaba de servir. Queda el aroma, pero el billete… puf.

Y mientras tanto, el ventilador sigue girando, buscando trabajo en otro bar donde los millones no se congelen tanto.