Por Franco Cerutti
### Hallazgo histórico en Cartago: Descubren restos fósiles de mastodonte y perezoso gigante – Cantina La Sele, Alajuelita – sábado, 14 de febrero de 2026
En la Cantina La Sele el ventilador gira como si estuviera buscando trabajo en otro lado, y el olor a casado de Doña Mary se mezcla con el de la cerveza que ya lleva tres días abierta. Don Pepito entra con el periódico doblado bajo el brazo, como si fuera un secreto de estado.
—Miren esto, muchá, el Museo Nacional encontró en Cartago un mastodonte y un perezoso gigante. Cuarenta mil años de antigüedad, dicen. Cuarenta mil. Eso es más viejo que la cuenta que me debe don Roderico.
Don Roderico levanta la vista del vaso, sin moverse un centímetro.
—Ese perezoso gigante no se movía ni para rascarse. Por eso se extinguió. Se quedó dormido esperando que le trajeran el almuerzo.
Don Chalo, desde atrás del mostrador, limpia un vaso que ya brilla más que su futuro.
—Y el mastodonte, ¿qué? Con esa trompa tan larga seguro que se metía en todas las conversaciones ajenas. Como ciertos taxistas que conocemos.
Don Filemón, que justo entraba con la gorra ladeada y cara de quien acaba de cobrar doble tarifa, se detiene en seco.
—Oigan, yo llevé una vez a Laura Chinchilla al aeropuerto, y en el camino me contó que en Cartago había un terreno donde los bueyes se hundían hasta las rodillas. Ahora entiendo: era el perezoso gigante durmiendo la siesta eterna. Le dije a la presidenta: «Doña Laura, aquí hay historia enterrada». Ella me contestó: «Filemón, acelere que pierdo el vuelo». Y mire, tenía razón: el fósil estaba ahí esperando.
Doña Mary sale de la cocina con un plato de casado que parece recién salido del Pleistoceno.
—Entonces el mastodonte era el que comía todo el pasto, ¿verdad? Por eso ahora los novillos están flacos. Se lo acabaron todo hace cuarenta mil años y todavía estamos pagando la cuenta.
Don Pepito agita el periódico como si espantara moscas invisibles.
—El Cuvieronius, se llama. Y el Eremotherium. Nombres científicos para decir «el que tenía colmillos como postes de luz» y «el que se tardaba tres días en cruzar la calle». Imagínense si los hubiéramos domesticado: el perezoso gigante como bus de Alajuelita a Cartago. Llega en dos semanas, pero con aire acondicionado natural.
Don Roderico suelta una risita que suena a eructo reprimido.
—Y el mastodonte de copiloto. Con esa trompa recogiendo pasaje de los que se suben sin pagar. «Señor, la trompa dice que debe mil colones». Perfecto para el transporte público.
Don Filemón se sienta y pide una Imperial.
— Yo propongo: pongan el fósil en el Museo Nacional, pero con una placa que diga «Donado por el taxista Filemón, quien lo olió primero». Porque si no fuera por mi olfato de chofer pirata, todavía estaría enterrado. Yo huelo historia a kilómetros. Y deuda también.
Doña Mary pone el casado frente a don Pepito.
—Comé, Pepito, que con tanta paleontología te vas a quedar en huesos. Y si el perezoso gigante volviera, lo primero que haría es pedir un casado con todo. Pero tardaría tanto en decidir si quiere tortilla o no, que se extinguiría otra vez de hambre.
Don Chalo ríe y sirve otra ronda sin que nadie la pida.
—Total, que en Cartago encontraron gigantes. Aquí en La Sele llevamos cincuenta años encontrando gigantes también: gigantes de la flojera, gigantes del chisme, gigantes de la deuda eterna. La diferencia es que a estos no los entierran. Los sirven en plato hondo.
Don Pepito dobla el periódico y lo deja sobre la mesa, como si ya hubiera cumplido su misión cósmica.
—Entonces, ¿qué? ¿Vamos a Cartago a desenterrar más? O mejor nos quedamos aquí, que el pasado prehistórico está muy bien bajo tierra, pero el presente en La Sele está servido con gallo pinto.
Todos asienten en silencio, porque en el fondo saben que un mastodonte y un perezoso gigante no cambian nada: la Cantina La Sele sigue siendo el verdadero fósil viviente de Alajuelita. Y nadie lo va a excavar nunca.

Deja tu comentario