Por Franco Cerutti
Yo crecí en una familia donde el bautismo era tan obligatorio como el registro civil. Mis padres, que apenas pisaban la iglesia los domingos, corrieron a bautizarme a los pocos días de nacer. Era el trámite: naces, te bautizan, te vacunan contra el infierno y listo, estás cubierto. El limbo era una amenaza real en las conversaciones de las abuelas, y nadie quería arriesgarse a que un bebé flotara eternamente en ninguna parte por no firmar en la parroquia.
Hoy miro a mi alrededor y veo que las iglesias se están vaciando, y no me sorprende en absoluto. **Me alegra verlo**. Las pilas bautismales que antes tenían fila de espera ahora acumulan polvo. Los padres jóvenes ya no corren despavoridos a la sacristía. Muchos ni siquiera se casaron por la iglesia ellos mismos —yo incluido—, así que ¿por qué iban a imponerle a su hijo un ritual en el que no creen de corazón?
El cambio más grande no es que la gente se haya vuelto atea de la noche a la mañana. Es que el miedo se acabó. Durante décadas, el dogma funcionó con dos palancas potentes: el terror al castigo eterno y la presión social del “qué dirán”. Si no bautizabas a tu hijo, eras casi un hereje, un mal padre, alguien que condenaba a su criatura. Pero cuando el limbo dejó de ser una doctrina oficial, cuando la gente empezó a cuestionar si realmente un Dios amoroso iba a castigar a un bebé inocente, esa urgencia se evaporó. Sin miedo, no hay prisa. Y sin prisa, no hay trámite.
Lo que más me impresiona es esa frase que ahora escucho todo el tiempo: “Que lo elija cuando sea grande”. Esas palabras son dinamita para cualquier institución que se basa en la membresía automática desde la cuna. Darle autonomía a un niño para decidir sobre su fe es reconocer que la creencia no se hereda como un apellido ni se impone como una vacuna obligatoria. Es un acto de respeto brutalmente honesto. Y las instituciones religiosas lo odian, porque la autonomía es el fin del efecto embudo: bautismo masivo → comunión → confirmación → matrimonio → donaciones de por vida. Cuando la gente empieza a salirse en cualquier etapa, todo el sistema se desmorona.
Yo mismo lo viví. Fui bautizado, hice la comunión por inercia familiar, la confirmación fue más una fiesta de disfraces que una convicción profunda. Y cuando llegó el momento de decidir por mí, simplemente dejé de seguir el guion. No fue un rechazo dramático contra Dios; fue indiferencia, aburrimiento y, sobre todo, lucidez. Me di cuenta de que no necesito un contrato celestial para vivir con sentido. Somos de carne, de tiempo limitado, con los pies en este suelo. Lo que necesitamos es estar presentes aquí y ahora, no firmar promesas por un paraíso que nadie ha visto.
Y luego está el otro detalle que no cierra: mientras las iglesias se vacían, algunos de sus líderes siguen viviendo como reyes en este mundo. Mansiones, autos de lujo, viajes, cuentas bancarias opacas. Prometen un cielo en el más allá, pero ellos ya disfrutan el lujo en el presente. Eso genera una desconfianza natural. Si el mensaje es renunciar a lo terrenal para ganar lo eterno, ¿por qué los mensajeros acumulan tanto aquí abajo?
Las estadísticas lo confirman: en América Latina los bautismos han caído drásticamente desde los años 80 (de más de 8 millones anuales en el pico a alrededor de 5 millones en años recientes), y la identificación como católico se desploma en países como Brasil, Argentina, Colombia y Costa Rica también. No es que la gente haya perdido la fe en todo; muchos siguen creyendo en algo superior, rezando, buscando sentido. Pero ya no lo hacen dentro de la estructura rígida de siempre. Prefieren la libertad de elegir, de no firmar nada por obligación.
Por eso celebro que las iglesias se estén vaciando. No por odio, sino porque significa que estamos dejando de actuar por miedo y empezamos a actuar por convicción propia. Que los sacramentos dejen de ser trámites automáticos y pasen a ser decisiones conscientes, si es que alguien las quiere tomar. Que la autonomía gane terreno. Porque al final, la verdadera lucidez no está en pertenecer a una institución por tradición, sino en vivir este tiempo limitado con honestidad, sin contratos que nadie pidió firmar desde la cuna.
Y si algún día alguien decide bautizar a su hijo, que sea porque lo siente de verdad, no porque tema al limbo o al qué dirán. Eso sí sería un acto de fe auténtico. El resto es solo arena que se escapa entre los dedos. Y está bien que se escape.

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