Por Franco Cerutti

### Costa Rica es parte de la “Gran América del Norte” trazada por Trump — Cantina La Sele de Alajuelita – miércoles, 1 de abril de 2026

En la Cantina La Sele de Alajuelita el televisor parpadeaba con el mapa nuevo, ese donde Costa Rica aparece pintada de rojo como si fuera un estado más de la casa grande. Don Chalo secaba un vaso con parsimonia mientras el anuncio retumbaba.

Miren eso, ahora somos del Norte Grande. Antes éramos centro, ahora norte. Mañana nos despiertan con nieve en el Irazú.

Doña Mary soltó una carcajada desde la plancha de los casados y volteó una tortilla.

Nieve en el Irazú, claro, y los monos aulladores con gorro de lana. Yo lo que quiero es que me traigan el pasaporte nuevo, con águila calva en vez de tres estrellas.

Don Pepito, el Chiquitico, cronista oficial, levantó su Imperial y golpeó la mesa con ella.

Pasaporte con águila, Mary, pero sin alas porque aquí no volamos, solo rodamos cuesta abajo. Trump dibujó el mapa con crayola y nos metió dentro. Desde Groenlandia hasta Ecuador, dice. ¿Y si Ecuador se enoja y nos echa para abajo? Nos quedamos flotando en el ecuador como pelota de playa.

Don Roderico, que nunca se pierde una, masticaba maní y hablaba con la boca llena.

Flotando no, Pepito. Nos van a poner una cuerda invisible. Norteamérica extendida. Como cuando estiras la masa de pizza y le sale punta larga. Costa Rica es la punta que queda colgando. Mañana llega el delivery de marines con pizza de pepperoni y nos cobran en dólares.

El taxista pirata Don Filemón entró sacudiéndose el polvo de la calle, todavía con la gorra de su último viaje imaginario.

Marines con pizza, Roderico, pero yo ya llevé a Laura Chinchilla al aeropuerto y ella me dijo que esto era puro cuento. Que Trump solo quiere que le cuidemos el canal de Panamá desde lejos. Yo le contesté: doña Laura, si nos meten en el Norte, al menos que nos den visa automática para ir a comprar en Miami. Ella se rio y me dio diez mil colones de propina. O eran dólares, no me acuerdo.

Doña Mary sirvió otro casado y señaló la pantalla.

Visa automática, Filemón, pero con foto de Trump en la visa. Y cada vez que cruces la frontera te preguntan si amas al Norte Grande. Si decís que no, te devuelven con pasaje en bus a Alajuelita. Imagínense, yo sirviendo casados a yanquis que vienen de permiso y me piden gallo pinto con maple syrup.

Don Chalo soltó el trapo y se apoyó en la barra.

Maple syrup en el gallo pinto, Mary. Eso sí sería el fin del mundo. Yo prefiero que nos manden el ejército a arreglar las calles de Alajuelita. Que pongan asfalto gringo, bien recto, con rayas amarillas que brillen de noche. Así cuando venga Trump de visita no se queja de los huecos.

Don Pepito anotaba todo en su libreta mojada de cerveza.

Asfalto brillante, Chalo, pero con la bandera de Costa Rica y la de Estados Unidos entrelazadas como novios en foto de quinceaños. Y en el centro del escudo ponen un águila comiendo arroz con pollo. Yo ya veo el titular: “Alajuelita, capital cultural de la Gran América del Norte”. Vamos a tener desfile con mariachis y vaqueros al mismo tiempo. Los ticos con sombrero tejano y los gringos tratando de bailar tambito.

Don Roderico levantó el dedo como si hubiera descubierto la fórmula de la Coca-Cola.

Tambito con botas de cowboy. Perfecto. Y en la Sele vamos a cambiar el nombre: Cantina La Sele del Norte Grande. Servimos Imperial pero la llaman “Freedom Beer”. Doña Mary, prepara los casados con queso americano derretido.

Doña Mary meneó la cabeza y siguió volteando tortillas.

Queso americano en los casados, Roderico. Entonces yo me jubilo y me voy a Groenlandia a vender helados. Allá al menos hace frío de verdad y no calor político.

Don Filemón se acomodó en el taburete y pidió otra.

Calor político, Mary, eso sí. Trump nos metió en su mapa como quien mete un limón en la cerveza. Ahora somos norteños sin haber pedido permiso. Mañana nos despiertan con himno en inglés y nos obligan a decir “yes sir” cuando pase la patrulla. Pero yo sigo siendo taxista pirata. Llevo a quien sea, aunque sea al Polo Norte.

Don Pepito cerró la libreta con gesto solemne y levantó el vaso.

Brindemos entonces, muchachos. Por la Gran América del Norte, donde Alajuelita queda exactamente en el centro del ombligo del mundo nuevo. Que nos vaya bien, que nos vaya mal, pero que al menos nos den WiFi gratis y cerveza fría. ¡Salud por el mapa que se estira!

Todos chocaron vasos. En la televisión el mapa seguía girando, Costa Rica pequeñita pero pintada de rojo vivo, como si alguien hubiera derramado salsa Lizano sobre Groenlandia. Afuera, en Alajuelita, un perro ladró a la luna y nadie supo si era patriotismo o simple hambre.