### Gobierno plantea recuperar antiguos rangos militares en la Fuerza Pública – Cantina La Sele de Alajuelita – lunes, 17 de agosto de 2026.

por fcerutti | Ago 17, 2026 | Bar La Sele, Costa Rica, Vida cotidiana

### Gobierno plantea recuperar antiguos rangos militares en la Fuerza Pública - Cantina La Sele de Alajuelita - lunes, 17 de agosto de 2026.

El ventilador de la Cantina La Sele giraba despacio, como si también él tuviera pereza de lunes. Don Chalo secaba un vaso con el mismo trapo de siempre, ese que ya tenía más agujeros que tela, mientras don Roderico desplegaba el periódico sobre la barra con la solemnidad de quien va a leer un decreto papal.

—Miren esto, mae —dijo, golpeando la página con el dedo—. Que el Gobierno quiere devolverle los rangos militares a la Fuerza Pública. Coronel, general, todo ese peje.
Doña Mary asomó la cabeza desde la cocina, cuchara de palo en alto como cetro de reina.

—¿Rangos militares? Pero si aquí no hay ejército desde el cuarenta y ocho, ¿no fue por eso que hicieron museo el cuartel?

—Eso mismo digo yo —agregó don Roderico, encendiendo el cigarrillo con parsimonia—. Ahora resulta que sin tener ejército, sí queremos generales. Es como querer tener carro sin tener llantas.

Don Pepito, que llevaba un rato en su rincón habitual anotando algo en su libretita de tapas gastadas, se ajustó los lentes redondos y carraspeó, anunciando que el cronista oficial estaba a punto de emitir sentencia.

—Aquí dice que es para fortalecer la disciplina y la cadena de mando —leyó, con la voz de quien lee actas municipales—. Que los "especialistas" dicen que el impacto sería más que todo simbólico.

—¿Simbólico? —bufó don Chalo, sin dejar de secar el vaso—. Eso es que van a gastar plata en cambiarle el nombre al mismo mae. Antes era "oficial Rodríguez" y ahora va a ser "coronel Rodríguez", pero sigue multando carros mal parqueados en Alajuelita.

En eso entró don Filemón, con su gorra ladeada y la dentadura de oro brillándole bajo el fluorescente, como si el sol le hubiera dado permiso especial de entrar solo por su boca.

—¡Buenas, pura vida! ¿De qué hablan, mis estimados? —preguntó, sentándose con la confianza de quien es dueño moral del bar aunque nunca pague la cuenta a tiempo.

—De que van a hacer generales a los policías —resumió doña Mary, ya sirviendo el casado del día sin que nadie lo pidiera, porque a esa hora ya todos sabían que tocaba arroz, frijoles y picadillo de papa.

—Ah, pues yo conozco de generales —dijo don Filemón, acomodándose el bigote—. Un día llevé a un coronel de esos, retirado, al aeropuerto. Casi al mismo tiempo que llevé a doña Laura Chinchilla, fíjense. El hombre venía todo tieso en el asiento de atrás, como si el taxi fuera un desfile.

—Usted lo que lleva es la fantasía bien montada, don Fil —le soltó don Roderico, sin levantar la vista del vaso—. Cada semana un pasajero más famoso.
—¡Es la pura verdad, mae! Yo he llevado a medio gobierno en ese carro.

Don Pepito, siempre atento al detalle histórico, levantó un dedo como quien pide la palabra en sesión legislativa.

—Lo que pasa es que aquí la gracia siempre fue no tener ejército. Ese fue el invento bonito del cuarenta y ocho. Ahora que le pongan galones y estrellas a los policías, aunque sea "simbólico", ya empieza a oler distinto.

—A mí lo que me preocupa —dijo doña Mary, limpiándose las manos en el delantal— es que con tanto rango y tanta jerarquía, el que va a mandar más va a ser el que tenga más estrellas, no el que resuelva el problema. Eso pasa aquí en la cocina también: si le pongo "doña Mary, generala de los casados", igual el arroz se me puede quemar si no le pongo cuidado.

Todos rieron, menos don Chalo, que seguía con el vaso, ahora tan seco que ya ni falta hacía secarlo más.

—Lo que yo digo —terció don Filemón, sirviéndose café sin que nadie se lo ofreciera— es que si le ponen "general" al que dirige el tránsito de Alajuelita, ya nadie le va a querer discutir la multa. Va a decir "yo soy el general Vindas" y uno va a salir corriendo.

—O le van a decir "mi general" y el hombre se va a sentir Napoleón en la esquina de la iglesia —agregó don Roderico, soltando una carcajada seca que terminó en tos de fumador viejo.

Don Pepito cerró su libretita con gesto ceremonioso, como cerrando un capítulo de la historia patria.

—Bueno, para el archivo del bar dejo constancia: lunes 17 de agosto, Costa Rica discutiendo si sus policías deben o no llamarse coroneles, mientras el país sigue sin ejército desde hace setenta y siete años. La historia, señores, a veces da vueltas raras.

—Lo que dé vueltas raras, don Pepito, pero que no se le olvide darle vueltas también al ventilador —dijo doña Mary, señalando el aparato que ya casi ni giraba—, que aquí el calor no respeta ni rango ni jerarquía.

Y con eso, la conversación se disolvió en risas, en el tintineo de los vasos y en el aroma del casado, mientras afuera Alajuelita seguía su lunes, ajena por completo a generales, coroneles y toda la parafernalia simbólica que alguien, en San José, estaba discutiendo con toda seriedad.