Por Franco Cerutti

El Dólar Costarricense: El Villano Perfecto Que Siempre Gana (O Pierde, Según Convenga)

¡Ah, el dólar! Ese billete verde que, como un mal novio, nunca deja de decepcionarnos en Costa Rica. Justo cuando pensábamos que habíamos tocado fondo, el tipo de cambio decide subir un peldaño más y se planta en los 501 colones por dólar. Un «ligero aumento», como lo llaman los expertos con esa elegancia que solo ellos manejan, mientras el resto de nosotros miramos la billetera con cara de «¿y ahora qué?». Pero esperen, porque aquí viene la ironía suprema: este ascenso es, por supuesto, **perjudicial para el país**. ¿Por qué? Bueno, porque encarece las importaciones, presiona la inflación y hace que ese viaje soñado a Miami parezca un lujo de jeques árabes. ¡Maldito dólar, siempre subiendo para arruinarnos!

Pero detengámonos un momento y recordemos los buenos (¿o malos?) viejos tiempos. No hace mucho, cuando el dólar bajaba –sí, bajaba, como si estuviera en una dieta estricta–, los mismos analistas económicos salían en estampida a declarar que eso también era **un desastre nacional**. ¿Razones? Pues, debilitaba las exportaciones, ponía en jaque a los cafetaleros y bananeros que dependen de vender al exterior, y hacía que el turismo se sintiera como una ganga para los gringos, pero un dolor de cabeza para nuestra competitividad. «¡El colón está demasiado fuerte!», gritaban. «¡Esto va a hundir la economía!». En serio, ¿quién entiende? Si sube, malo; si baja, peor. Es como si el dólar hubiera sido diseñado por un guionista de telenovelas mexicanas: siempre el antagonista, sin importar el guion.

Imaginemos por un segundo que el tipo de cambio es un ascensor en un edificio de oficinas gubernamentales. Si sube, los importadores se quejan porque sus contenedores de gadgets chinos cuestan más. Si baja, los exportadores arman un escándalo porque sus piñas y microchips no compiten en el mercado global. Y en medio de todo, el Banco Central, ese árbitro eterno, intenta estabilizarlo con intervenciones que parecen más un juego de ruleta rusa que una política monetaria seria. ¿Resultado? Todos perdemos, o al menos eso nos dicen. Porque, honestamente, ¿alguna vez hemos oído a alguien decir: «¡Genial, el dólar está en equilibrio perfecto y todo va de maravilla!»? No, claro que no. Eso sería demasiado aburrido para nuestros noticieros.

Y no olvidemos el impacto en el ciudadano de a pie, ese héroe anónimo que paga las facturas. Cuando el dólar sube a 501, el supermercado se convierte en una aventura de supervivencia: el aceite, el arroz, hasta el café (¡nuestro propio café!) suben de precio porque, sorpresa, importamos hasta el aire que respiramos. Pero cuando bajaba, oh, qué tiempos aquellos, los salarios en colones se sentían como un chiste cruel porque no alcanzaban para nada exportado. Es un ciclo vicioso donde el dólar siempre sale victorioso, riéndose de nuestra confusión colectiva. ¿Es esto una conspiración de Wall Street? ¿Un complot de los economistas para mantenernos entretenidos? ¿O simplemente la prueba de que en Costa Rica, la economía es como el clima: impredecible y siempre motivo de queja?

En fin, queridos lectores, ya no sé qué entender yo tampoco. Quizás la solución sea ignorar el dólar por completo y volver al trueque: un saco de arroz por un iPhone, o un tour por la playa a cambio de un barril de petróleo. Al menos así, nadie podría culpar a un billete verde por nuestras desgracias. Mientras tanto, sigamos vigilando ese 501 como si fuera el marcador de un partido de fútbol donde siempre perdemos en penales. ¡Pura vida, Costa Rica! O lo que quede de ella después de este vaivén monetario.