Por Franco Cerutti
### Laura Fernández gana la Presidencia de Costa Rica en primera ronda – Cantina La Sele, Alajuelita – lunes, 2 de febrero de 2026
En la Cantina La Sele, el humo de los casados se mezcla con el vapor del café, y las sillas crujen como si tuvieran opiniones propias. Don Chalo, detrás de la barra, limpia un vaso con un trapo que parece haber visto más elecciones que él mismo.
—Oiga, ¿y esa tal Laura Fernández? Ganó de una, como si estuviera comprando pan en la pulpería. ¿Qué les parece? —dice Don Pepito, El Chiquitico, ajustándose los anteojos empañados mientras hojea un periódico que parece un mapa del tesoro.
Don Roderico, con su cerveza a medio camino, suelta una risa que hace tintinear las botellas.
—Ja, ja, ja. Oficialista hasta los huesos. Cuarenta y ocho por ciento, dice. Yo digo que el cuarenta y ocho es el número de veces que Chaves le dio palmadas en la espalda. ¿Y ahora qué? ¿Vamos a tener presidentas que ganan sin sudar?
Doña Mary, sirviendo un casado que humea como un volcán en miniatura, interviene sin dejar de mover el cucharón.
—Sudar, sudar… Vosotros sudáis hablando. Cincuenta años sirviendo aquí y nunca vi una elección tan rápida. Como si el país fuera un bus y ella la conductora que no para en las paradas.
Entra Don Filemón, el taxista pirata, con su sombrero ladeado y una historia fresca en la lengua.
—Yo la llevé una vez a esa Fernández al aeropuerto, ¿sabían? No, no era ella, era Chinchilla, pero es lo mismo. Todas van al mismo lugar: arriba. Ganó en primera ronda, ¿eh? Como mi taxi, que arranca sin calentar motor.
Don Chalo asiente, sirviendo otro café que parece más espeso que el lodo de la calle.
—Continuidad, dice el periódico. Continuidad de qué, pregunto yo. ¿De las promesas que se evaporan como el alcohol en esta barra?
Un cliente nuevo, un tipo con bigote torcido que nadie conoce pero todos miran, se mete en la charla desde el rincón.
—Evaporan, evaporan… Yo voto que ganó porque el pueblo quiere más de lo mismo. Como los casados de Doña Mary: siempre iguales, pero uno vuelve por más.
Doña Mary le lanza una mirada que podría cocinar el casado sola.
—Iguales, dice. Mis casados tienen historia. Cincuenta años, y cada uno diferente. Como las presidentas: una gana, la otra no, pero todas dejan el plato sucio.
Don Pepito anota algo en su libreta, como si fuera el cronista de un partido de fútbol eterno.
—Y el proyecto de Chaves sigue. Consolidado, dice. ¿Consolidado como qué? ¿Como el cemento en la carretera que nunca terminan?
Don Roderico levanta su vaso, brindando con el aire.
—Brindemos por la segunda mujer presidenta. Que no sea como la primera, que al final todos la extrañamos en el aeropuerto con Filemón.
Don Filemón se ríe, golpeando la mesa.
—Yo la llevé, les digo. O era otra. Da igual, todas van volando alto. ¿Otra ronda, Chalo? Para celebrar que el país ganó sin jugar overtime.
Don Chalo sirve, y el bar se llena de voces que se enredan como cables viejos, hablando de victorias que parecen empates disfrazados.

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