Por Franco Cerutti
### Hombre muere en intercambio de disparos con la Policía en Alajuelita – Cantina La Sele de Alajuelita – martes, 17 febrero 2026
En la Cantina La Sele, las sillas crujen bajo el peso de las anécdotas eternas, y el aire huele a guaro y a casados recién hechos por Doña Mary, que los sirve con la precisión de un reloj suizo averiado. Don Pepito, “El Chiquitico”, afila su lápiz en la libreta, listo para inmortalizar la última locura del barrio, mientras Don Chalo vierte tragos como si regara un jardín de sedientos.
¡Óigame esto, compas! Un tipo en Alajuelita se pone a bailar con balas contra la policía, y termina durmiendo el sueño eterno. Dicen que fue un intercambio, pero yo creo que era un malentendido sobre quién paga la ronda.
Don Roderico, apoltronado en su esquina habitual con un cigarro colgando, suelta una risotada que espanta a las moscas. ¿Intercambio? Eso suena a trueque en el mercado: yo te doy plomo, tú me das más plomo. Seguro que el fulano pensó que los polis venían a invitarlo a una fiesta de disfraces, con uniformes y todo.
Doña Mary, dejando un plato frente a Don Filemón, el taxista pirata que presume de haber llevado a Laura Chinchilla al aeropuerto en su carcacha, frunce el ceño mientras limpia una mancha invisible. Fiesta, dice usted. En Alajuelita, las fiestas terminan con fuegos artificiales, no con balazos. Ese pobre diablo probablemente confundió las sirenas con el canto de una sirena de mar, y salió a conquistar el océano en plena calle.
Don Chalo, inclinándose sobre el mostrador con una sonrisa torcida, añade mientras agita una botella. Yo apuesto a que fue el fantasma del volcán Poás, bajando a la ciudad para ajustar cuentas pendientes. O tal vez el hombre era un coleccionista de balas, y quiso ampliar su álbum en vivo. La policía investigando, como si no tuvieran que lidiar con los baches que son más peligrosos que cualquier tiroteo.
Entra Don Lalo, el electricista que jura haber cableado la Casa Presidencial con alambres de tendedero, y se acoda en la barra. ¿Volcán? No, señores, eso fue un duelo al estilo western, pero con motos en vez de caballos. El tipo gritaba «¡alto ahí!» y los polis respondían con eco de plomo. Quizás quería ser famoso, como en las películas, pero se le olvidó el guion feliz.
Don Pepito garabatea con furia, sus gafas resbalando por la nariz sudorosa. ¡Esto es oro puro para el archivo! Un sospechoso en Alajuelita, zona de alta tensión, confrontando a las autoridades como si fueran vecinos molestos. Tal vez pensó que las pistolas eran piñatas, y salió a romperlas para sacar dulces.
Don Filemón, masticando su casado con deleite, interviene con la boca medio llena. Yo lo habría llevado en mi taxi, al fulano, lejos de los problemas. Pero no, prefirió quedarse y jugar a los vaqueros. Ahora la policía cuenta la historia, con balas como puntos y comas.
Doña Mary, sirviendo otra ronda, suspira con resignación. ¿Vaqueros en Alajuelita? Ustedes con sus disparates. Mejor beban antes de que las balas imaginarias les den sed eterna. Pero sí, qué lástima, un intercambio que nadie ganó.
Don Roderico alza su vaso en un brindis solemne. ¡Por el valiente de Alajuelita! Que en el cielo encuentre un tiroteo sin municiones, solo nubes y paz absurda.
Y en la Cantina La Sele, la noticia se disuelve en risas locas, mientras el reloj de pared marca el tiempo como si nada hubiera pasado.

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