Por Franco Cerutti

### Las autoridades chinas anuncian interés en estrechar la relación con Costa Rica tras el triunfo electoral de Fernández – Cantina La Sele de Alajuelita – jueves, 5 de febrero de 2026.

En la Cantina La Sele, el humo del cigarro de Don Roderico flotaba como una nube perdida sobre la barra, mientras Doña Mary servía otro casado con la precisión de quien ha repetido el gesto medio siglo. Don Chalo limpiaba un vaso con un trapo que parecía más viejo que el bar mismo, y Don Filemón, recostado en su silla, ajustaba el retrovisor imaginario de su taxi pirata.

—Miren esto, compas, los chinos quieren ser más amigos nuestros ahora que ganó la doña Laura. Dicen que van a estrechar lazos, como si fuéramos un zapato viejo que necesita cordones nuevos.

Don Pepito, El Chiquitico, agitaba el periódico como si fuera una bandera en desfile, sus ojos brillando detrás de las gafas empañadas.

—Estrechar lazos, dice. ¿Y qué van a mandar? ¿Un dragón de esos que escupen fuego para calentar el café? O tal vez un muro grande para separar Alajuelita de San José, pa’ que no nos roben más los buses.

La risa estalló, y Don Roderico soltó una carcajada que hizo tintinear las botellas.

—Ja, imagínense, un Gran Muro Tico. Pero en vez de ladrillos, de bambú y arroz. Y la doña Laura lo inaugura con un corte de cinta hecho de seda china. «¡Bienvenidos al nuevo hermanito oriental!», grita, mientras los chinos nos mandan pandas que bailan salsa.

Doña Mary dejó el plato con un golpe seco, cruzando los brazos.

—Pandas bailando salsa, claro. Y yo sirviendo chow mein con gallo pinto. Cincuenta años casada con este bar, y ahora vamos a tener que aprender mandarín para pedir una cerveza. «Ni hao, una Imperial por favor». ¿Y si nos invaden con sus bicicletas voladoras?

Don Chalo levantó la vista del vaso, frunciendo el ceño como si estuviera calculando una cuenta imposible.

—Bicicletas voladoras, dice la mujer. Mejor que nos manden unas de esas para que Filemón deje de piratear taxis y vuele directo al aeropuerto. ¿Verdad, Filemón? Tú que llevaste a la Chinchilla, ahora te toca a la Fernández, pero en jet chino supersónico.

Don Filemón se enderezó, inflando el pecho con orgullo falso.

—Ah, pero yo ya estoy listo. Mi taxi tiene un motor que ruge como un tigre asiático. Si los chinos quieren lazos, les ato uno al parachoques y los remolco hasta Pekín. «Señor Xi, ¿quiere un ride a la Casa Presidencial? Solo cien colones el kilómetro intercontinental».

Un tipo nuevo en la esquina, un vecino que decía ser ingeniero pero olía a mecánico, intervino con una sonrisa torcida.

—Y qué tal si nos mandan robots para cosechar café. Robots con ojos rasgados que dicen «buenos días» en tico-chino. «¡Pura vida, compañero! Recoja esa cereza o lo mando a la Muralla».

Don Pepito dobló el periódico con un chasquido dramático.

—Robots, muros, pandas… Esto es el fin. Próximo paso, el himno nacional con erhu en vez de marimba. «¡Oh, Costa Rica, tierra de arroz frito y volcanes!» Y la doña Laura firmando tratados con palillos en vez de pluma.

Doña Mary sacudió la cabeza, sirviendo otro casado.

—Palillos para firmar, ja. Mejor que usen tenedores para no pincharse. Pero si vienen los chinos, al menos traigan fortuna en galletas. La mía dice: «Pronto tendrás un lazo estrecho… con la cuenta del bar».

Las risas llenaron la cantina, mientras el sol de Alajuelita se colaba por la ventana, iluminando el absurdo como si fuera lo más normal del mundo.